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Capítulo 4: La carretera

—Está bien —dijo con una calma escalofriante—. Vete.

Clary no se movió de inmediato.

—¿Eso es todo?

Ramiro sostuvo su mirada unos segundos más, como si disfrutara dejándola suspendida en la duda.

—Por ahora.

Ese “por ahora” la acompañó mientras recogía sus pocas cosas del casillero del personal. Una libreta, un bolígrafo, una chaqueta delgada, una botella de agua y algunos apuntes de clase. Todo entró en su bolso en menos de un minuto.

Cuando salió a la calle, el día le pareció demasiado brillante. Demasiado expuesto. Como si no hubiera un solo rincón donde esconderse.

Caminó rápido hacia el estacionamiento, abrió el auto, cerró el seguro en cuanto estuvo dentro y marcó el número de Samantha antes de encender el motor.

—Ya salí.

—¿Estás bien? —preguntó su amiga al instante.

Clary miró por el retrovisor.

—Sí. Creo que sí.

—Ven directo a casa.

—Voy.

Pero no llegó.

Apenas dejó atrás la calle de la ferretería y tomó la avenida principal, un automóvil negro apareció detrás de ella. Primero pensó que era coincidencia. Un carro más entre tantos. Cambió de carril.

El carro negro cambió también.

Aceleró un poco.

El carro negro mantuvo la distancia exacta.

Un frío le bajó por la espalda.

—Sami…

—¿Qué pasó?

Clary volvió a mirar el espejo.

Vidrios oscuros. Carro negro. Demasiado cerca.

—Creo que me siguen.

Se hizo un silencio cortísimo al otro lado.

—¿Qué?

—Un carro negro. Salió detrás de mí y no se despega.

—No vayas al apartamento.

Clary apretó el volante.

—¿Qué?

—No lo lleves a casa, Clary. No vengas para acá.

El corazón le golpeó con fuerza contra las costillas.

Se cambió al carril derecho y tomó la primera salida amplia que encontró. No era una ruta que usara normalmente, pero en ese momento solo quería sacar a Samantha de cualquier peligro.

El carro negro salió detrás.

—Sigue ahí —murmuró, sintiendo cómo la voz empezaba a temblarle.

—Métete en un sitio con gente. Un centro comercial, una estación, cualquier cosa.

—Lo estoy intentando.

Pero la ciudad comenzó a quedarse atrás demasiado rápido.

Las avenidas conocidas dieron paso a una vía más abierta, más despejada. Luego a otra todavía más amplia. La señalización se volvió extraña. Escasa. Hubo un momento en que Clary ya no supo exactamente qué salida había tomado ni en qué dirección iba.

Solo sabía que seguía moviéndose.

Y que el carro negro continuaba detrás.

—Voy hacia la salida norte, creo.

—¿Crees?

—No estoy segura.

Apretó el acelerador.

El motor respondió con un sonido áspero, viejo, pero obedeció. La aguja subió. El paisaje comenzó a pasar más rápido: postes, árboles dispersos, muros de contención, cielo gris cubierto por nubes bajas.

Tomó el celular del soporte del tablero y encendió el mapa por voz.

La línea azul apareció un instante. Parpadeó. Después se distorsionó.

La ruta que mostraba el teléfono no coincidía del todo con la carretera.

—Esto no me está apareciendo bien —dijo, mirando la pantalla.

—¿Qué significa eso?

—No sé. Es como si me sacara del camino… como si la aplicación no supiera dónde estoy.

—Devuélvete.

Clary soltó una risa rota, casi sin aire.

—No puedo. Si bajo la velocidad, me alcanzan.

Y lo sabía.

Porque el vehículo negro se había acercado un poco más.

Ni lo suficiente para chocarla, ni tan poco como para dejarla olvidar que estaba ahí.

Una distancia exacta. Calculada. Amenazante.

La carretera empezó a volverse más extraña.

Había menos señales, menos salidas, menos autos. El asfalto era más oscuro, más limpio, como si aquella ruta no formara parte del tránsito habitual de la ciudad. Los muros a los lados comenzaron a elevarse. Primero bajos. Luego más altos. Después lo bastante altos como para que el horizonte desapareciera entre concreto y sombras.

—Sami…

—Te escucho.

—No creo que esta carretera sea normal.

—¿Qué estás diciendo?

Clary tragó saliva.

—No hay letreros. No hay nombres. Nada aparece bien en el mapa. Es como si…

No terminó la frase.

Más adelante, la autopista se cerraba entre muros oscuros y una curva ancha que parecía partir el camino en dos. No recordaba haber estado nunca allí. Ni siquiera estaba segura de que ese lugar existiera en algún tramo que conociera.

El carro negro aceleró.

Clary sintió el pulso reventándole en la garganta.

Apretó más el acelerador.

La carretera inclinó apenas. Luego se estrechó. Luego se volvió una especie de corredor inmenso y silencioso entre paredes altas de concreto oscuro.

Miró el GPS otra vez.

La pantalla se congeló.

Después, la línea azul desapareció.

Solo quedó un punto flotando sobre un vacío gris.

—No me aparece nada —susurró.

—Clary…

—No me aparece nada, Sami. Es como si no estuviera en ningún sitio.

La voz de Samantha sonó más lejana por la interferencia.

—No te detengas. ¿Me oyes? No te detengas.

El carro negro volvió a acercarse.

Ahora estaba tan cerca que Clary pudo ver mejor el brillo opaco del capó, la forma del parabrisas, la amenaza muda de algo que no necesitaba tocarla para tenerla ya casi atrapada.

Clary apretó los dientes y aceleró todavía más.

El volante le vibró en las manos.

La curva apareció demasiado tarde.

Todo ocurrió en una fracción de segundo.

Primero vio el giro brusco de la carretera.

Después el muro lateral.

Después la falta de espacio.

Pisó el freno con toda la fuerza que tenía.

Las ruedas chillaron.

El coche derrapó.

Pero no le daría tiempo.

No le daría tiempo a reducir lo suficiente. No le daría tiempo a pensar.

Instinto.

Puro instinto.

Giró el volante con violencia.

Sintió el auto perder adherencia.

El mundo se inclinó.

La carretera desapareció bajo ella.

Y de pronto ya no hubo asfalto.

Solo vacío.

El auto atravesó el borde sin protección, salió despedido hacia la nada y Clary sintió cómo el estómago se le subía a la garganta mientras el mundo a su alrededor se volvía un torbellino de metal, vidrio, cielo gris y un rugido ensordecedor.

El teléfono salió volando de su mano.

Un golpe.

Otro.

El sonido brutal del cristal rompiéndose.

Y después, de golpe, agua.

Agua helada irrumpiendo por alguna parte. Agua oscura. Agua subiéndole por las piernas, por el costado, por el pecho. Agua tragándose el ruido.

Clary intentó moverse.

No supo si gritó.

Lo último que sintió fue un frío feroz cerrándose sobre ella como una boca.

Luego todo se volvió negro.

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