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Capítulo 3: No queremos testigos

Horas más tarde, mientras acomodaba unas carpetas cerca de la oficina principal, Clary escuchó voces tras la puerta entreabierta.

Sabía que debía seguir de largo.

Sabía que lo más sensato era no detenerse, no escuchar, no dar siquiera la impresión de tener curiosidad. En los últimos días había aprendido a sobrevivir haciéndose pequeña, ocupando el menor espacio posible, fingiendo que no veía, que no oía, que no entendía. Pero hubo una palabra que se filtró por la rendija de la puerta y la dejó inmóvil.

Nombre.

Después otra.

Transferencia.

Y luego una más.

Ciudad.

Clary sostuvo la carpeta con más fuerza. Se quedó quieta, sin respirar casi, con el oído tenso hacia aquella oficina helada donde Ramiro solía encerrarse cuando quería tratar asuntos “importantes”.

—…la firma debe estar lista antes del lunes —decía uno de los hombres trajeados con voz seca—. Si él no acepta, el plan cambia.

—Aceptará —respondió Ramiro, con esa seguridad oscura que a Clary ya le revolvía el estómago—. Todos aceptan cuando entienden lo que pueden perder.

Hubo un ruido de papeles. Un silencio breve. Después, la otra voz hizo una pregunta:

—¿Y la muchacha?

El cuerpo entero de Clary se tensó.

No sabía por qué supo que hablaban de ella. Tal vez por puro instinto. Tal vez porque el miedo, cuando ya ha crecido lo suficiente, empieza a reconocer su propio nombre incluso cuando nadie lo pronuncia.

Hubo un segundo de pausa.

Luego Ramiro dijo, con una calma que le heló la sangre:

—No será problema.

—Más te vale —contestó el otro—. No queremos testigos ni complicaciones.

Clary retrocedió tan deprisa que casi chocó con el archivador del pasillo. Tuvo que apoyar una mano en la pared para no perder el equilibrio. El corazón le golpeaba con tanta fuerza que por un momento creyó que las voces al otro lado podían escucharlo.

No queremos testigos.

La frase se le clavó en la cabeza como un metal frío.

Se obligó a caminar. No correr. No mirar hacia atrás. No delatarse. Llegó hasta el extremo del pasillo, dobló hacia el depósito y fingió revisar unas cajas, aunque en realidad apenas podía sentir los dedos.

Hasta entonces, había tratado de creer que el problema era uno solo: Ramiro, sus insinuaciones, su acoso, su manera repugnante de creer que ella era una clase de premio que podía comprarse con paciencia y dinero.

Pero aquello era otra cosa.

Mucho peor.

Aquello abría una puerta que Clary no quería ni podía permitirse mirar. Porque ya no se trataba de un jefe abusivo. Se trataba de hombres que hablaban de firmas, de planes, de una ciudad, de personas que podían “aceptar” cuando entendieran lo que tenían que perder.

Y de ella.

La muchacha.

La posible testigo.

Terminó su jornada con la mente nublada, respondiendo por inercia, evitando cruzarse con Ramiro, evitando quedarse sola, evitando incluso detenerse demasiado en el baño por miedo a que alguien la esperara fuera. Cuando por fin pudo irse, caminó hacia el estacionamiento con el pulso alto y la sensación de estar saliendo demasiado tarde de un sitio donde ya no debía seguir entrando.

Se encerró en su auto, cerró el seguro y permaneció unos segundos con las manos sobre el volante, respirando hondo. Miró por el retrovisor. Después por el espejo lateral. Luego encendió el motor y salió del lugar como si lo único importante fuera poner distancia entre ella y esa ferretería.

El trayecto hasta el apartamento se le hizo largo y extraño.

Cada semáforo en rojo le parecía un error. Cada carro que se mantenía detrás durante más de dos cuadras le aceleraba el corazón. Al llegar, estacionó tan deprisa que casi rozó el bordillo. Subió las escaleras mirando hacia atrás dos veces, entró, cerró con llave y corrió las cortinas sin pensar.

El apartamento estaba vacío. Samantha seguía en el trabajo.

Clary dejó el bolso sobre la mesa y se apoyó en la puerta.

Quería llorar.

Quería desaparecer.

Quería llamar a alguien capaz de decirle exactamente qué hacer y cómo hacerlo sin equivocarse.

Pero no tenía a nadie así.

Se duchó largo rato, como si el agua pudiera desprenderle el miedo adherido a la piel. Después se puso ropa cómoda, se preparó un café que apenas probó y se sentó frente al portátil con la cabeza todavía zumbándole.

Abrió un documento en blanco.

Y empezó a escribir.

Fechas. Comentarios extraños. Nombres escuchados al pasar. Movimientos raros en la ferretería. Las visitas de hombres que no parecían clientes ni proveedores. La pulsera. Los mensajes. La frase que no podía sacarse de la cabeza.

No queremos testigos ni complicaciones.

La dejó escrita al final del documento y se quedó mirándola durante un largo rato. No sabía si aquello serviría alguna vez como prueba. Tal vez no. Tal vez no era más que una forma desesperada de convencerse de que no estaba imaginando cosas.

Cuando Samantha llegó, encontró a Clary frente al portátil, pálida, quieta y con la taza fría entre las manos.

—¿Qué pasó?

Clary levantó la vista con lentitud.

—Escuché algo.

Y entonces se lo contó todo.

No de manera ordenada. No con la claridad que habría querido. Las palabras salieron atropelladas, una empujando a la otra: los hombres trajeados, la oficina, la firma, la ciudad, la muchacha, los testigos.

Samantha la escuchó sin interrumpirla, pero a medida que Clary avanzaba, su expresión cambiaba. La rabia dio paso a algo más serio. Más grave.

Cuando terminó, Samantha solo dijo una cosa:

—Te vas.

Clary parpadeó.

—¿Qué?

—Te vas de ese trabajo. Ya.

—No puedo simplemente…

—Sí puedes —la cortó Samantha, tajante—. Y esta vez no voy a dejar que me digas que exagero. Ese hombre está metido en algo turbio y tú ya llamaste demasiado su atención.

Clary se pasó una mano por el cabello todavía húmedo.

—Si renuncio de golpe, va a sospechar.

—Pues que sospeche.

—No entiendes…

—No, Clary. Tú no entiendes —replicó Samantha, clavándole la mirada—. A él no le interesa solo salir contigo. Le interesa tener poder sobre ti. Y un hombre así no soporta que lo rechacen. Y menos si además cree que sabes algo.

Clary quiso discutir. De verdad quiso.

Quiso decir que todavía podía esperar. Que podía hacerlo con cuidado. Que no era buena idea salir corriendo así. Que exagerar podía ser tan peligroso como quedarse quieta.

Pero ninguna de esas razones le pareció ya suficiente ni siquiera a ella misma.

—Tengo miedo —admitió al fin, en voz baja.

Samantha se acercó de inmediato y la abrazó con fuerza.

Clary enterró el rostro en su hombro y, durante unos segundos, se permitió dejar de fingir entereza. Sintió el alivio amargo de estar sostenida por alguien que no le exigía parecer más fuerte de lo que era.

—No estás sola —murmuró Samantha—. Me oyes bien, ¿sí? No estás sola.

Esa noche dejaron todas las luces encendidas.

Samantha se quedó dormida en el sillón de la sala para no dejar a Clary sola en el sofá cama, y Clary tardó horas en cerrar los ojos. Cada ruido del edificio le parecía distinto. Cada crujido del pasillo sonaba como pasos. Cada sombra proyectada por las cortinas le parecía más larga de lo normal.

A las dos de la madrugada, el celular vibró.

Número desconocido.

Clary lo miró sin tocarlo al principio. Después, con el corazón apretado, abrió el mensaje.

No me gusta que me ignores.

Se le congeló la sangre.

No respondió.

A los pocos segundos llegó otro.

Mañana hablaremos como adultos.

Clary alzó la vista hacia el techo oscuro, sintiendo un nudo duro en el pecho.

Ya no había margen.

A la mañana siguiente, se vistió con ropa sencilla, discreta, casi apagada. Se recogió el cabello, evitó maquillarse y salió con el cuerpo tan tenso que le costó girar la llave de la puerta.

Samantha insistió en acompañarla hasta el estacionamiento.

—En cuanto salgas, me llamas.

—Sí.

—Si él intenta hablar contigo a solas, no aceptes.

—Sí.

—Si ves algo raro…

—Sí, Sami.

Samantha la sujetó del brazo antes de dejarla subir al auto.

—Te lo digo en serio.

Clary asintió.

Y aunque intentó sonreír, ambas sabían que aquella mañana no tenía nada de normal.

La ferretería estaba extrañamente vacía.

Había menos empleados, menos ruido, menos movimiento. Era como si el lugar hubiera sido despejado para dejar espacio a algo desagradable.

Ramiro la esperaba.

No en la oficina.

No detrás del mostrador.

En medio del local.

Como si quisiera que desde el primer segundo ella supiera quién mandaba allí.

—Llegaste —dijo.

Clary mantuvo la distancia.

—Vine a hablar con usted.

Él sonrió, casi complacido.

—Eso me gusta.

—No malinterprete esto. Vengo a decirle que renuncio.

La sonrisa se le quedó en la boca, pero algo oscuro le endureció la mirada.

—No acepto tu renuncia.

—No necesita aceptarla. Le estoy informando.

Ramiro dio un paso hacia ella.

Clary retrocedió uno.

—Te estás dejando llenar la cabeza por gente que no entiende cómo funciona el mundo —dijo él—. Yo solo he intentado ayudarte.

—No necesito su ayuda.

—Todos la necesitan.

—Yo no.

Por primera vez, la máscara se le resquebrajó.

No fue una explosión abierta. Fue peor. Un cambio mínimo, casi elegante, que dejó ver la violencia contenida debajo de la cortesía.

—Ten mucho cuidado con la forma en que me hablas, Clary.

Ella sintió el pulso golpeándole en la garganta.

—No voy a salir con usted. No voy a aceptar regalos. Y no voy a seguir trabajando aquí.

Ramiro inclinó un poco la cabeza, observándola como si fuera una criatura curiosa.

—¿Crees que puedes simplemente irte?

—Sí.

—Qué ingenua eres.

Clary quiso girarse, pero él le sujetó la muñeca.

No fuerte.

Todavía no.

Lo suficiente para imponer.

—Suélteme.

—Mírame cuando te hablo.

El asco le recorrió todo el cuerpo.

—Suélteme.

—Podría darte mucho más de lo que tienes —dijo él en voz baja, acercándose demasiado—. Muchísimo más. ¿De verdad prefieres seguir siendo una nadie?

Clary tiró del brazo con fuerza y logró soltarse.

—Prefiero eso a deberle algo a usted.

Los ojos de Ramiro centellearon con furia.

Durante un segundo terrible, el silencio entre ambos pareció llenarse de electricidad.

Luego él sonrió.

Y eso fue lo peor.

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