Mundo ficciónIniciar sesiónLa oscuridad no desapareció de inmediato.
Al principio solo existieron fragmentos.
Ruido de agua.
Metal crujiendo en alguna parte.
Una luz blanca atravesándole los ojos cerrados.
Voces que iban y venían como si hablaran desde muy lejos.
Sintió manos. O creyó sentirlas. Alguien tirando de algo. Tela pegada a su piel. Un dolor sordo en la cabeza. El cuerpo demasiado pesado. El aire entrando a ráfagas cortas, ásperas, como si respirar también doliera.
Después, nada otra vez.
No supo cuánto tiempo pasó.
Pudo haber sido una hora.
Pudo haber sido toda una noche.
Cuando por fin volvió a emerger de la oscuridad, lo hizo despacio, como si subiera desde el fondo de un lugar muy profundo.
Lo primero que sintió fue humedad.
No la humedad del río o de la lluvia. Una humedad pegada al cuerpo, al cabello, a la piel que todavía parecía recordar el agua helada. Estaba acostada sobre algo blando. Una cama. Las sábanas bajo ella estaban tibias, pero su cuerpo seguía sintiéndose empapado, ajeno, pesado.
Abrió los ojos con esfuerzo.
El techo que vio no era el de su apartamento.
Era alto. Blanco. Perfecto. Cortado por una moldura discreta y por la luz grisácea que entraba desde unas cortinas largas, de tela gruesa, cerradas a medias. El aire olía a limpio, a madera pulida y a una clase de silencio que no pertenecía a ningún hospital público ni a ninguna casa que ella conociera.
Clary intentó incorporarse.
Un dolor punzante le atravesó la sien y la obligó a detenerse. Soltó un jadeo involuntario.
—No lo hagas.
La voz fue masculina.
Fría.
Autoritaria.
Clary giró el rostro con lentitud.
Había un hombre de pie a unos metros de la cama.
Y lo primero que pensó fue que no parecía pertenecer al orden impecable de aquella habitación.
Estaba mojado.
No completamente empapado, pero sí lo suficiente para que la tela oscura de su camisa se le pegara al pecho y a los brazos, marcada por manchas más profundas de humedad. Algunas gotas todavía descendían desde las puntas de su cabello, cayéndole sobre la frente, por el cuello, por la barba. Era alto, ancho de hombros, y había en su postura una rigidez feroz, como si llevara demasiado tiempo conteniéndose.
Tenía el cabello más largo de lo que Clary habría esperado en un hombre con aquel porte. Oscuro, pesado, cayéndole desordenado hasta rozarle el cuello, revuelto por la humedad y por una especie de abandono que no parecía accidental. La barba también estaba crecida, descuidada, cubriéndole parte de la mandíbula y endureciendo todavía más un rostro que ya de por sí imponía. No era el aspecto de un hombre que cuidara su imagen para agradar a otros. Era el de alguien que había dejado de importarle casi todo, salvo aquello que podía controlar.
No la miraba con alivio.
Ni con curiosidad.
Ni con compasión.
La miraba con rabia.
Una rabia contenida, tensa, viva, como si hubiera llegado allí hacía muy poco y aún trajera encima el rastro de la noche, del agua o de lo que hubiera ocurrido antes de que ella despertara.
Clary trató de incorporarse otra vez, esta vez más por reflejo que por decisión. El cuerpo no respondió bien. El dolor le tiró del costado y la hizo apretar los dientes.
—He dicho que no te muevas.
Clary lo observó con desconcierto. Había algo devastadoramente áspero en él. No en el tipo de aspereza de un hombre vulgar o brutal, sino en otra más peligrosa: la de alguien acostumbrado a mandar incluso cuando apenas levantaba la voz. Mojado, descuidado, con el cabello cayéndole sobre la frente y la barba sin arreglar, parecía menos una figura elegante y más una tormenta que todavía no había terminado de pasar.
—¿Dónde…? —La voz apenas le salió. Tenía la garganta seca, áspera—. ¿Dónde estoy?
El hombre no respondió enseguida.
Dio un paso hacia la cama.
La cercanía no lo volvió más amable. Solo más intimidante.
Los ojos oscuros resaltaban bajo el cabello húmedo, clavados en ella con una intensidad que la obligó a sostener la mirada aunque no quisiera. No parecía mayor, pero sí alguien que llevaba demasiado tiempo cargando algo pesado. El desorden de su aspecto no lo hacía ver débil. Lo hacía ver más peligroso. Más real. Como si Clary lo hubiera encontrado en un instante que nadie más debía ver.
—Esa es la primera pregunta inteligente que haces desde que apareciste aquí —dijo al fin.
Clary frunció el ceño, todavía aturdida.
—No entiendo…
—Claro que no entiendes —la cortó, y por primera vez la rabia afiló su voz—. Tomaste una carretera privada, atravesaste una zona restringida, casi mueres en una caída de varios metros y obligaste a movilizar a mi gente en medio de la noche. No, no entiendes nada.
Clary lo miró, intentando ordenar las piezas.
Carretera.
Caída.
Agua.
El auto negro.
La memoria regresó de golpe, como un golpe seco en la cabeza.
Respiró hondo y sintió el dolor extenderse por el costado.
—Me estaban siguiendo.
Él no se conmovió.
—Eso no explica cómo llegaste a esa ruta.
—Yo no sabía dónde estaba.
—Y aun así entraste.
La injusticia del tono le encendió algo más fuerte que el miedo.
—No entré porque quisiera —dijo, con la voz rota pero firme—. Estaba huyendo.
Los ojos de él se estrecharon apenas.
Por un segundo, el silencio entre ambos se volvió tan tenso que Clary sintió que la habitación entera contenía el aliento.
Fue entonces cuando reparó en otra cosa: no llevaba su ropa.
Tenía puesto un camisón o camisa larga, blanca, suave, demasiado limpia para pertenecerle. El cabello le caía húmedo sobre los hombros. La manta la cubría hasta la cintura, pero aun así la sensación de vulnerabilidad le subió como una quemadura.
Tiró de la sábana hacia arriba por puro reflejo.
El hombre notó el gesto.
—Una mujer de mi personal te cambió la ropa mojada antes de que te diera hipotermia —dijo con sequedad, como si hubiera adivinado exactamente lo que cruzó por su cabeza—. No te hagas ideas equivocadas.
Clary quiso responder, pero el alivio y la humillación se mezclaron de una forma extraña. Bajó la mirada un segundo, intentando recuperar algo de control.
—Mi teléfono… —susurró—. Tengo que llamar a Samantha.
—Tu teléfono quedó inutilizable.
Alzó la vista de inmediato.
—¿Qué?
—Y tu auto no volvió a arrancar ni aunque hubiera querido hacerlo.
La frase cayó pesada.
Su auto.
El último instante de la caída.
El agua irrumpiendo por el cristal.
Sintió que algo se cerraba dentro de su pecho.
—Necesito avisar que estoy viva.
El hombre la observó unos segundos más.
La rabia seguía ahí, pero ya no era solo rabia. Había otra cosa mezclada. Desconfianza. Evaluación. Una especie de cálculo frío. Incluso mojado, con el cabello en desorden y las gotas todavía resbalándole por la barba, seguía teniendo esa forma inquietante de dominar el espacio.
—¿Quién eres?
Clary parpadeó.
—¿Qué?
—Tu nombre.
Tragó saliva.
—Clary.
Él asintió una sola vez, como si registrara el dato en un lugar interior del que nada escapaba.
—¿Apellidos?
Ella dudó apenas un segundo antes de responder.
—Clary Ainsworth.
Él la sostuvo con la mirada.
—¿Quién te seguía?
—No lo sé con certeza.
—Entonces mientes o eres imprudente.
La rabia volvió a encenderse en ella.
—No estoy mintiendo. Mi jefe… creo que mandó a alguien. O a varios. Yo… renuncié. Escuché cosas que no debía escuchar. Luego me siguieron. Eso es todo lo que sé.
El hombre permaneció inmóvil.
—Eso nunca es “todo”.
Clary apretó la manta entre los dedos. Estaba cansada, adolorida y todavía empapada de confusión, pero algo en su manera de hablar le revolvía el orgullo.
—Y usted tampoco ha respondido dónde estoy.
Él dio otro paso.
Ahora estaba lo bastante cerca para que la tensión resultara casi física.
La humedad de su ropa, el cabello largo cayéndole en mechones oscuros sobre la frente, la barba descuidada y el cansancio violento de su expresión le daban un aspecto casi salvaje, impropio del lujo que la rodeaba. Como si aquella habitación refinada no lograra domesticarlo del todo.
—Estás en Blackwell.
La palabra cayó en la habitación con el peso de una puerta cerrándose.
Clary lo miró sin entender.
—¿Qué es eso?
Por primera vez, algo parecido a una sonrisa tocó la boca del hombre.
Pero no fue una sonrisa amable.
Fue una línea breve. Fría. Dura.
—Eso —dijo— depende de cuánto me convenga que sepas.
Ella sintió un escalofrío.
—¿Quién es usted?
La respuesta no llegó de inmediato.
La puerta de la habitación se abrió en ese instante y una mujer de mediana edad, vestida con un uniforme impecable, asomó primero el rostro y luego entró con una bandeja en las manos. Al ver que Clary estaba despierta, sus ojos se abrieron con alivio.
—Señor Blackwell —dijo, mirando al hombre—. Ya ha despertado.
Clary volvió la vista hacia él.
Señor Blackwell.
Sintió que el nombre se le instalaba en el pecho antes incluso de comprenderlo del todo.
Él no apartó los ojos de ella.
—Sí —respondió, sin dejar de mirarla—. Ya veo que lo hizo.
Y entonces Clary entendió una sola cosa con total claridad:
había caído en un lugar del que no sabía nada.
Y el hombre que la observaba con rabia, mojado, descuidado y más peligroso precisamente por eso, no era alguien a quien pudiera permitirse desafiar a ciegas.







