Clary no durmió bien.
No después del salón de música. No después de aquella mano cálida cerrándose apenas sobre su muñeca como si Jack hubiera querido tocar mucho más y, precisamente por eso, se hubiera obligado a detenerse allí.
Cada vez que cerraba los ojos, volvía a verlo sentado al piano, con la luz cayéndole de lado, el cabello oscuro rozándole el cuello y esa tristeza tan quieta en la mirada que daba ganas de acercarse despacio y hacer algo imposible: tocar el dolor sin romperlo más.
Y lu