Una enorme sonrisa se planta en el rostro de Alex al ver que sus chicas lo esperaban en el aeropuerto.
— ¿Cómo se portó mi princesita? —quiere saber en cuanto tomó a Aye en sus brazos.
—Muy bien, como siempre —contesta la niña con supremacía.
— ¿Cómo estás? —se interesa Lina conforme le deposita un casto beso en los labios.
—Ahora mejor —dice devolviéndole el beso provocando que la niña se inquiete.
—¿Vamos?
—¿Estás cansado? —Indaga Lina.
—La verdad es que no. ¿Qué tienes en mente?
—Iremos al río —suelta Aye.
—Buchona —acusa la madre y la niña se baja de los brazos de Alex—. Vamos a ir al río —Envuelve el brazo de su hombre y lo insta a caminar—. Me habías pedido que te mostrara Buenos Aires cuando regresaras, no podemos hacerlo ahora, así que, pensé que podíamos comenzar por una de nuestras costumbres argentinas.
A los pocos minutos se encontraron sobre una manta en la orilla del río. Lina saca un enorme estuche o cartera de cuero «Alex no sabría cómo llamarlo», pero se da cuenta que