—Cálmate, vaya, está grave la cuestión.
—Lo sé, necesito cambiarlo, no quiero arruinarlo, quiero y necesito ofrecerle un hombre a la altura de lo que su belleza y esencia exigen, de lo que merece. ¿Qué aconsejas?
Simón no pudo evitar esbozar una sonrisa.
—¿Me estás pidiendo un consejo? No te lo puedo creer, el hombre que creía que el amor era para idiotas, que jamás se fijaría en una adolescente, el hombre que decía ser muy maduro y…
—Déjate de idioteces y dame un consejo. No quiero perder