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—¡No me muerdas la orejita que me vengo, David!
Patrick vio todo rojo. Su rostro se convirtió en una máscara de ira, sus colmillos perforando su labio inferior. Apretó tanto los puños que quebró la copa entre sus manos, pero ni siquiera sentía el dolor de los cristales enterrándose en su piel.
¡La desobediencia de Harper había llegado demasiado lejos! No importaba con quién se enredara su hermana; a estas alturas, había dormido con media ciudad. Pero le había impuesto una regla. ¡Nada de enredos amorosos con los socios de la empresa! Eso no solo crearía escándalos, sino que pondría en riesgo las relaciones comerciales de la familia. De todos sus socios... ¿Por qué tuvo que enredarse con David? Un Alfa mucho mayor que ella y demasiado noble como para ser destruido por los caprichos de la Omega. Al menos le quedaba el consuelo de que su pequeña Olivia estaría en casa, obediente y tranquila, sin armar escándalos que avergonzarían a la familia.
Marcó el número de su asistente y gruñó una