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—¡No me muerdas la orejita que me vengo, David!
Patrick vio todo rojo. Su rostro se convirtió en una máscara de ira, sus colmillos perforando su labio inferior. Apretó tanto los puños que quebró la copa entre sus manos, pero ni siquiera sentía el dolor de los cristales enterrándose en su piel.
¡La desobediencia de Harper había llegado demasiado lejos! No importaba con quién se enredara su hermana; a estas alturas, había dormido con media ciudad. Pero le había impuesto una regla. ¡Nada de enredo