—¡Alfa Thomas! —resonó la voz de Balthazar por los altavoces del búnker, cargada de una arrogancia enferma—. Adivina qué... ¡nosotros ya tomamos la primera dosis del inhibidor! ¡Tu aura de Alfa no nos hace una mierda hoy!
—No necesito mi aura para destrozarte la garganta, rata —sentenció Thomas con una calma espeluznante.
—¡FUEGO! —gritó Balthazar.
La balacera estalló en el pasillo estrecho. En el búnker, me aferré con tanta fuerza a la consola que mis nudillos se pusieron blancos.
La reacción