LETICIA
Habían trascurrido apenas treinta minutos cuando Alessandro regresó y me tensé por imaginar que iniciaría de nuevo aquel interrogatorio que me hacía sentir incómoda. Me encontraba sentada al pie de la cama, comiendo a desgana la cena.
—¿Cómo está tu padre? —pregunté con verdadera preocupación.
—Es un consumado zorro viejo, cara… —dijo él enojado, frunciendo sus bellos ojos aguamarina—. Se lo ha inventado, Leticia. ¿Puedes creerlo? Me chantajeado de nuevo… —se quejó con falso enfado.