NARRADOR
—Prisión de la Orden—
Darius se dirige con paso firme a la prisión de la Orden, pero no al ala donde encierran a los criminales de poca monta, sino a aquella reservada para los más peligrosos.
Allí va a visitar a su amigo Hermán, un mago cuyo lugar, según todas las leyes de la Orden, es exactamente ese. Todos los soldados lo saludan con una reverencia y lo dejan pasar sin problemas, si acreditaciones ni palabras.
Lo tratan como si todos siguieran sus órdenes.
Darius entra en la celda y encuentra a Hernán sentado en el catre, apoyado contra el muro de piedra. Su aspecto es deplorable.
No queda rastro alguno de la elegancia ni del dominio que antaño lo definían; el aura de autoridad que lo envolvía parece haberse evaporado junto con su dignidad. Y, contra todo pronóstico, ese pensamiento le resulta satisfactorio.
Por eso, cuando Hernán no puede verlo, Darius curva los labios en una sonrisa ladeada, breve y cruel.
Muy cruel.
—Darius… estás aquí… —murmura Hernán.
—Hola, Hernán