LEONARDO
Nos sentamos en un silencio pesado, cada uno en un lugar de la antesala, como si el aire mismo se hubiera vuelto denso y difícil de respirar.
El silencio dura demasiado, como si todos contuviéramos la respiración esperando que alguien hablara primero. Finalmente, Carlisle rompe el hielo, su voz firme pero controlada:
—Hijo, necesitamos hablar.
Asiento, aunque mi mente está en otro lugar, en Gema, en cómo se encuentra, en si sigue con vida. La rabia y la desesperación luchan por salir, pero aprieto los dientes y las contengo.
Carlisle respira hondo, como si le costara decir sus próximas palabras.
—Quiero saberlo todo —digo, con voz firme.
—Bel —interviene Carlisle—, cuéntale lo que pasó… cuando la encontraste.
Bel baja la mirada y se pasa las manos por la cara, luego las frota sobre los muslos, visiblemente arrepentida.
—Ella me mandó un mensaje… decía que tenía una misión. No le pregunté nada más —dice, con la voz quebrada—. Creí que era algo sencillo, vigil