LEONARDO
Kain no se mueve.
Es un muro delante de la puerta, los brazos tensos, la mandíbula apretada.
Kain me mira y arquea una ceja. Ese gesto mínimo es suficiente para que la tensión estalle dentro de mí. La rabia me invade el sistema circulatorio como lava hirviendo. Soy un volcán a punto de entrar en erupción.
Gema está ahí dentro. Convaleciente. Quizá muriéndose. Y todos los que están aquí parecen empeñados en impedírmelo.
—Apártate —repito, más bajo esta vez, más peligroso.
Kain sonríe ape