LEONARDO
Kain no se mueve.
Es un muro delante de la puerta, los brazos tensos, la mandíbula apretada.
Kain me mira y arquea una ceja. Ese gesto mínimo es suficiente para que la tensión estalle dentro de mí. La rabia me invade el sistema circulatorio como lava hirviendo. Soy un volcán a punto de entrar en erupción.
Gema está ahí dentro. Convaleciente. Quizá muriéndose. Y todos los que están aquí parecen empeñados en impedírmelo.
—Apártate —repito, más bajo esta vez, más peligroso.
Kain sonríe apenas, una mueca torcida. No está muy contento. Pero, ¿en este momento quien lo esta?
—Te dije que te alejaras de ella… —escupe.
—Apártate, no te lo voy a decir una vez más.
—¿De verdad crees que puedes hacer lo que te dé la gana? Ubícate, Leonardo. Estás en territorio de la manada. Esto no es la Orden. Aquí no eres nadie.
La rabia me sube como fuego líquido por las venas y doy un paso adelante para comenzar lo que preveo que va a ser una pelea.
—Te lo dije Leonardo, tu familia es demasiado peligr