LEONARDO
Han pasado dos días.
Dos días interminables, lentos, crueles.
Gema no ha despertado y yo tampoco me he movido de aquí.
La habitación huele a hierbas, a magia antigua y a sangre seca que ya no se ve, pero sigue ahí, flotando en el aire como un recordatorio constante de lo cerca que estuvo de morir. Me mantengo sentado junto a la cama, con los codos apoyados en las rodillas y la mirada fija en su rostro pálido. Demasiado quieto.
Demasiado frágil.
Bel tampoco se ha ido.
A veces se queda