Emery sintió un escalofrío cuando sus piecitos lo llevaron fuera del teatro. Miró alrededor un par de veces, abrumado por la inmensidad de la ciudad a la que nunca se había enfrentado y, casi al final de la calle, divisó a la mujer de abrigo café corriendo lejos.
—¡Mami! —gritó con todas sus fuerzas sin saber que era imposible escucharlo con el ruido del tráfico.
Tenía frío. No pudo colocarse el abrigo que cargaba su abuelita, así que sólo se bajó bien las mangas del suéter y revisó el bolsillo