Su cuerpo se balanceó con ligereza mientras abultaba los labios, intentando silbar. No lo iba a negar, estaba un poco confundido, habían demasiadas puertas, escaleras y pasillos y ventanas (claramente ignorando las áreas restringidas y advertencias de entrada). Por lo que con los ojos bien atentos, trataba de absorber cada detalle.
Desde que había propuesto el inocente juego de las escondidas, caminaba en línea recta, a no ser de que algo llamara su atención. Un poco decepcionado debía aceptar que no era tan entretenido como esperaba, no había columpios o resbaladillas.
De todas formas, Leo dio unos saltitos pensando en qué haría Cristal con su día libre. Se sentía un poquito aliviado al saber que no debería visitar la tienda de mascotas otra vez.
Rió un poco.
No podía esperar a verla para relatar todo sobre su día de trabajo, pero entonces su corazón dio un salto al escuchar voces lejanas y no dudó en esconderse detrás de un sillón cercano, su cabello pasando para nada desapercibido.