Los últimos días Leo se había portado particularmente bien y tranquilo. Parecía no matar una mosca.
Y no se fiaba.
—Prometo llegar temprano, cualquier cosa, la más mínima duda, no tengas problema en llamarme. En la encimera hay una lista de números telefónicos y…—Su voz bajó de volumen.—También hay un libro… Uno muy especial para cuidar de Leo…
—Tranquilo Liam. Leocito es un niño muy bueno.
¡NO ME LLAMO LEONCITO! gritó mentalmente el infante mientras se mordía la lengua.
Preocupado a más no poder, Liam debió acelerar el paso producto de la hora. No queria llegar tarde al trabajo por lo que a regañadientes y con una lista nuevas de consejos dejo el departamento rezando porque no hubieran problemas.
A veces uno solo tiene un presentimiento.
Como una incomodidad en la boca del estómago. Algo gritando que una situación poco agradable se avecinaba y a pesar de todo no podría evitarla.
Su cuello crujió antes de dejar el automóvil y tomar el ascensor. Las puertas estaban a punto de cerrarse