Capítulo 6

Esa misma mañana, sin haber dormido bien y con toda la confusión invadiendo su cabeza, Sophie llegó a la gran factoría. Esperó el elevador y, mientras lo hacía, sintió que detrás de ella había una presencia. La fragancia que expedía le hizo recordar que su jefe era el único que portaba ese olor.

«¡No puede ser! Debe ser una jodida broma», pensó Sophie.

Pero no era una broma. El gran CEO de la compañía estaba detrás de ella, reluciente como siempre. Esta mañana no lucía tan pálido, pues había acudido al maquillaje para ocultar un poco la falta de luz en su piel.

—Buenos días, señorita Robinson. Me alegra que haya llegado temprano a su turno de trabajo.

Sophie estaba completamente petrificada. Si había sido un sueño lo que pasó la noche anterior, pues Valentín esa mañana lucía como un ser humano común y corriente. Se veía de lo más normal: sus ojos grises brillaban, su cabello estaba perfectamente arreglado y parecía un empresario como los demás jefes que ella había tenido.

Al llegar el gran elevador, se abrieron las puertas y Valentín ingresó.

—¿No piensa subir, señorita Robinson?

—Señor Von Strudel, buenos días. Sí, claro que tengo que subir. Voy a mi puesto de trabajo, no tengo más opción.

Ella ingresó al elevador. Empezó a sudar frío cuando estuvo tan cerca de él, pues esa sí era la realidad. Se sentía avergonzada por tener al frente al protagonista de sus sueños, que quisiera categorizar como pesadilla, pero eso le era imposible, pues se estaba convirtiendo en su fantasía. En ese momento ella pensaba que era una fantasía inalcanzable.

Cuando iban por el quinto piso, el elevador se detuvo. Sophie sintió pánico y no quería que nuevamente su subconsciente le jugara una mala pasada, así que comenzó a presionar los botones de emergencia con desespero.

—Eso suele pasar en esta compañía. Hemos tratado de arreglar los elevadores, pero hay que traer unos repuestos de la gran ciudad y nadie se atreve a venir a Charleston. Así que debemos esperar la mensajería común; tarda unos veinte días más.

—¿Ah… ah, sí? —preguntó Sophie bien nerviosa.

—Sí, señorita Robinson. Así que estaremos solos por cuestión de unos diez minutos mientras se dan cuenta afuera del bloqueo.

—¿Diez minutos? —Sophie se giró quedando completamente frente a él. Ella palideció al verlo tan perfecto, tan espectacular. Era un hombre demasiado atractivo para ella y pensaba que jamás alguien como él se fijaría en una persona tan común como era Sophie.

—Sí. ¿Le molesta estar conmigo diez minutos, Sophie?

—No, señor, claro que no. Disculpe el atrevimiento por haber preguntado de esa manera. También quería saber si usted había pensado algún correctivo para mí.

—¿Un castigo por hacer mal tu trabajo querrás decir?

—Sí, un castigo, supongo —ella agachó la cabeza y resignada respondió.

—El único castigo que quiero en este momento es tenerte colgada en una cruz, azotando tus deliciosos senos mientras tus ojos están vendados y tu entrepierna pide mi atención —Valentín susurró en voz baja, pero de nuevo dio un chasquido con sus dedos borrando eso de la memoria de Sophie.

—¿Dijo algo, señor?

—No, no hay castigos para usted. Somos una empresa moderna, no una santa inquisición. Por ahora simplemente cumpla con hacer las cosas bien, Sophie Robinson.

De repente el elevador siguió su ruta. Cuando ella llegó a su piso de trabajo, se alistó para bajarse, se miró con Valentín e intercambiaron una sonrisa. Ella en ese momento comprendió que lo único que estaba divisando eran simples visiones, pues su jefe era un CEO de lo más normal, no un acosador empedernido que llegaba en sus sueños y abusaba de ella, haciéndole sentir el más grande de los placeres.

Valentín primero arribó al piso de su secretaria. Necesitaba confirmar primero todas sus tareas del día y advertir que nadie lo iba a interrumpir esa mañana, pues necesitaba descansar y así recuperarse.

—Itzel, ¿qué tenemos para hoy?

—Buenos días, señor Von Strudel. Afortunadamente para usted, no hay nada pendiente, ninguna reunión. En la factoría todo marcha a la perfección —Itzel llevaba años trabajando con los Von Strudel. En ese momento estaba embarazada y unos fuertes dolores la aquejaban.

—Itzel, ¿estás bien?

—No, señor, no lo estoy. Me siento muy mal. Estoy a punto de tener a mi hijo y creo que necesito un médico.

—¿Qué? Pero ¿por qué vino a trabajar así, Itzel? Váyase de inmediato, por favor. Llame a su esposo para que venga por usted.

—Pero, señor, no hemos designado mi reemplazo. Me preocupa que todo no esté en orden. Déjeme trabajar hasta el mediodía y dígale a alguien que venga a reemplazarme.

—Usted por eso no se preocupe. De inmediato llamamos a su esposo.

Ella resignada sonrió, pero ya era hora de que se atendiera su parto. Unos cuantos minutos después, la secretaría del gran jefe estaba vacante. Sin embargo, Valentín no se preocupó por eso en ese instante. Al asegurarse de que Itzel ya estaba segura, decidió apagar por completo las luces de su piso y se colgó al techo para dormir su siesta, algo que era una costumbre muy antigua, pues los vampiros modernos tenían una cama como cualquier otra persona.

Ese día decidió que dejaría en paz la noche de Sophie. Quería poner en orden las cosas en su casa con su familia, disculparse por lo del día anterior. Cuando se llegó el momento de llegar a la gran factoría, había recordado la necesidad que tenía de una nueva asistente. Sin más reparo pensó en Sophie; la quería tener más cerca de lo que ya estaba.

Tomó su gran teléfono y la llamó.

—Buenos días —contestó Sophie desde su sitio de trabajo.

—Señorita Robinson, la necesito en la oficina de mi secretaria en diez minutos. Recuerde que el elevador tarda tres en llegar hasta aquí, así que no tarde —Valentín le colgó. Ella de inmediato refunfuñó y lanzó su bolígrafo con ira sobre su escritorio.

—Sophie, ¿qué pasa?

—Que el gran señor me tiene en la mira. Me llamó a su oficina. Me imagino que es para decirme la sanción que tiene para mí por el error de la vez pasada.

—Corre, amiga. Si te dio diez minutos y no quieres una nueva sanción, corre por ti, por favor.

Sophie pataleó como si fuera una niña pequeña y tomó el elevador. Se acomodó sus vestiduras y siete minutos después estaba en la oficina de la secretaria de Valentín, pero estaba vacía. Ella recordó que en esta parte de la factoría solo trabajaba ella y, un sobrepiso más, quedaba la oficina de Valentín. Aunque no era igual de lúgubre que la oficina de su jefe, el frío que hacía en ese lugar le hacía estremecer los huesos.

—Buena puntualidad, señorita. La he llamado porque necesito de sus servicios en este momento.

—¿De mis servicios? No estoy entendiendo nada —por la cabeza de Sophie se pasaron los peores pensamientos. Cuando él le mencionó la palabra «servicios», se imaginó de rodillas frente a él, satisfaciendo los más oscuros de sus deseos.

—Sí. Mi secretaria acaba de tener un bebé y estará ausente por unos seis meses mientras se cumple su licencia de maternidad. Así que usted va a ocupar su lugar.

—¿Por qué yo, señor Von Strudel? En esta factoría hay cientos de personas que llevan mucho más tiempo aquí y desearían tener este puesto.

—Pensé que estaba interesada. El día que usted iba a recibir su sanción me dijo que estaba atravesando una mala situación económica. En el momento en que se ocupa el reemplazo del puesto de mi secretaria, su sueldo irá en ascenso. No solamente ascenderá de piso. Ahora bien, si no quiere, se lo pediré a su amiga Gloríe.

—¿Usted me está hablando en serio, señor Valentín? —ella recordó que hacía un par de días le habían llamado del asilo de su madre para notificarle que la iban a sacar de allí si no pagaba la mensualidad. Además estaba enferma y debían ponerle más medicinas. Un aumento de sueldo no le caería nada mal.

—No entiendo por qué me está preguntando eso. ¿Me ve que tengo pinta de estar bromeando con usted?

—Oh, señor, claro que no. Es que solo me tomó de sorpresa, pues no consideré que yo fuera la más apta para este cargo. Pero siendo así, con gusto lo acepto encantada. ¿Cuándo empiezo?

—Ya mismo. Vaya a su escritorio y retire sus cosas. Las claves y funciones de mi secretaria están plasmadas en una agenda que dejó Itzel encima del escritorio. Lo único moderno que manejamos en esta empresa son los computadores; sin embargo, ella tenía un teléfono celular para poder comunicarse conmigo a través de mensajería. ¿Su teléfono sirve para lo mismo?

—No, señor. Mi economía no me ha permitido comprarme un teléfono actualizado. Todo lo que gano es para sobrevivir y mantener a mi madre en el asilo —ella respondió avergonzada.

—No se preocupe. Todos los empleados de la factoría tienen derecho a estar en mejores condiciones. Le daré un cheque; vaya al banco local y canjéelo. Debe ir a la ciudad vecina, queda a unos quince minutos de aquí. Cómprese ropa y un nuevo teléfono; los va a necesitar.

Valentín sacó de su bolsillo una chequera y le entregó un cheque con una buena cantidad de dinero. Cuando Sophie lo vio, se quedó completamente impresionada; jamás había visto un número así en sus manos.

—Señor, yo no puedo aceptar esto. Es demasiado dinero —ella estiró su mano devolviéndole el cheque.

—Es un bono por parte de la empresa, Sophie. Solamente haga lo que le exijo; de lo contrario usted tendrá que despedirse de su contrato en la compañía. Aquí hay reglas y hay que cumplirlas —Valentín se fue de su vista sin ni siquiera dejarle susurrar palabra.

Sophie se mordió el labio inferior y simplemente asintió con la cabeza, confundida por las palabras de su jefe. Abrió la laptop que estaba frente a ella y se dio cuenta de que sus funciones simplemente consistían en ubicar todas las citas de Valentín en la mañana, hacer un informe semanal y recoger sus trajes de la lavandería. Le parecía algo tan estúpido, pero era muy poco lo que tenía que hacer. Ella no era profesional y sentía que eso era un retroceso más para su vida, pero qué más daba si es que le iban a pagar casi el doble de lo que ya estaba recibiendo por hacer el triple de trabajo.

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