—¡Enloqueciste! Estás diciendo tonterías.
Albert negó con una sonrisa burlona
—Puedes mentirme si quieres, pero no puedes engañarte a ti mismo, tú mirada no miente, lo sé por la forma en que la ves, me largo, mi odiosa esposa me espera.
Albert salió de ahí, dejándolo desconectado.
Davis acompañó a Marina hasta su auto, estaba seguro de que estaba tranquila.
—Gracias, señor Davis, y también por defenderme, he pensado en renunciar.
—¡De ninguna manera! —el hombre tomó su mano y la miró con a