Las niñas lloraban, tomadas de la mano, mientras veían a su madre desvanecida sobre el suelo, inerte. Un hombre bajó del auto.
Marina intentó moverse, se sentía adolorida, movió un poco la cabeza, abrió los ojos, pero su mirada era borrosa, miró esa figura masculina, alta e imponente frente a ella.
—¿Tú… tú? —balbuceó, luego sus ojos se cerraron.
—¡Mami!
—Tranquilas, su mami está bien, solo se golpeó un poco, pero estará bien, lo prometo.
Las niñas lo miraron, con sus ojitos llenos de lágri