Clarissa bajó la cabeza y miró la mano de Giovanni, delicada. Como su piel era clara, se veía el azul de sus venas resaltar como un río.
Sintió un hueco en el pecho. Ese día, en casa de los Santoro, él había aguantado muchas cosas por ella.
Y por la manera en que lo veía, parecía que Giovanni tampoco tenía ganas de salir a comer.
—¿Tienes hambre? Si no, mejor vamos a casa. Yo te cocino algo —dijo ella, girando su mano bajo la de él y enredando sus dedos finos entre los de Giovanni.
Ese día, solo