KOSTAS.
Me retiro de la mansión de Herodes, dejando la puerta cerrada a mi espalda. Le acabo de dar la privacidad que necesita con su hija, Melissa.
Nunca vi a un hombre tan quebrado y a la vez tan contento. Cuando le conté que la había encontrado y que Melissa era su hija, lloró como un niño chiquito, sin guardar las formas, ni su reputación. Y, sinceramente, me alegro. Me alegro mucho de que ese hombre, mi enemigo y aliado estratégico, tenga un momento de paz.
Pero mi mente no descansa.
Piens