MELISA
Él no me deja subir a la cama. En su lugar, me indica con una mano que me levante. Obedezco sin dudar.
—De rodillas, leona —ordena, y la voz es un látigo.
Me arrodillo en la alfombra suave, mis manos descansan sobre mis piernas dobladas. Mis ojos están fijos en su pelvis, en el centro de todo el fuego. Estoy desnuda, rendida y esperando.
—¿Qué quieres que haga ahora? —pregunto, mi voz es apenas un susurro que tiembla con anticipación.
Una sonrisa oscura y peligrosa cruza su rostro.
—No t