CAPÍTULO 5: EL RASTRO DE LA SEDA

 

El silencio que siguió al estallido de la pasión en el ático de la Torre Moretti no fue cálido, ni trajo la paz que sigue al deseo cumplido. Fue un silencio gélido, profesional, casi quirúrgico. Gabriella sentía el rastro de la humedad de Iker enfriándose en su interior, un recordatorio físico de la rendición que acababa de firmar. El escritorio de caoba, que minutos antes había sido el escenario de su entrega más salvaje, volvía a ser simplemente un mueble caro cubierto de documentos que decidían el destino de miles de personas.

Iker fue el primero en moverse. Se puso en pie con una parsimonia que a Gabriella le resultó insultante. No hubo una caricia post-coital, ni una mirada de complicidad. Con una eficiencia aterradora, se ajustó el pantalón y subió la cremallera, recuperando en segundos la imagen del magnate intocable. Se abrochó la camisa frente a un espejo de pared, acomodándose el cuello con una precisión maníaca.

—Vístete —ordenó él, sin mirarla. Su voz había recuperado ese filo cortante, despojada de la ronquera del placer—. El transporte para tu madre ya ha sido autorizado. El equipo médico está saliendo hacia el hospital público en este momento.

Gabriella, con las piernas todavía temblorosas y el corazón latiendo en la garganta, comenzó a recoger su ropa esparcida por el suelo. Se sentía expuesta, no por su desnudez física, sino por la facilidad con la que él había levantado sus defensas. Se puso el sujetador y la blusa de seda, pero cuando buscó sus pantis, solo encontró los jirones de encaje que Iker había desgarrado con sus dientes.

Un escalofrío la recorrió al ver el desastre de seda negra sobre la alfombra.

—Iker... mi ropa interior está rota —susurró ella, intentando cubrirse con la falda.

Él se giró lentamente, ajustándose el reloj de oro en la muñeca. La recorrió con una mirada desprovista de emoción, como si estuviera evaluando un activo de su empresa.

—Mejor así —dijo con una sonrisa ladeada que no llegó a sus ojos—. Considéralo parte de tu nueva uniforme. No quiero que lleves nada debajo de esa falda hoy. Ni hoy, ni ninguna noche que pases bajo mi mando. Quiero que cada vez que camines, cada vez que sientas el roce de la tela contra tu piel, recuerdes exactamente a quién le perteneces. Recuerda el contrato, Gabriella. Cada centavo que fluye hacia las venas de tu madre proviene de mi mano.

Gabriella apretó los dientes, sintiendo una mezcla de humillación y una chispa de excitación que odiaba reconocer. Se subió la falda tubo, sintiendo el aire frío de la oficina contra su intimidad desprotegida. Era una sensación constante de vulnerabilidad.

—Esta noche, a las ocho, pasaré por ti —continuó Iker, caminando hacia ella hasta invadir su espacio personal una vez más. Le tomó la barbilla, obligándola a sostenerle la mirada—. Si tu madre no muere hoy, es porque yo lo he permitido. Por lo tanto, tu noche me pertenece. Te quiero lista, en la puerta de tu edificio. Y recuerda: sin ropa interior. Si descubro que has intentado cubrirte, habrá consecuencias que no te gustarán. Ahora, lárgate. Tienes un hospital al que ir.

Gabriella no esperó a que lo repitiera. Tomó su bolso y salió de la oficina, caminando por los pasillos de la Torre Moretti con una rigidez artificial. Cada paso que daba, cada movimiento de sus muslos, hacía que la tela de la falda rozara sus labios genitales, enviando ráfagas de calor a su vientre. Se sentía marcada, como si todo el mundo pudiera ver que era la propiedad privada de Iker Moretti.

Al salir a la calle, el sol de Milán la cegó por un momento. El ruido del tráfico y la prisa de la gente le parecieron irreales. Se subió a un taxi con el alma suspendida en un hilo. No podía procesar la magnitud de lo que acababa de hacer. Se había vendido. Había entregado su cuerpo y su voluntad al mejor amigo de su padre, al hombre que supuestamente debía ser su protector, su "tío".

«Lo hice por ella», se repetía en un mantra desesperado mientras el taxi avanzaba. «Solo por ella».

Cuando llegó al hospital, el caos habitual de la sala de urgencias parecía haberse calmado mágicamente para ella. Al llegar a la habitación de su madre, encontró a dos enfermeros de una clínica privada y a un médico con un uniforme impecable preparando el traslado.

—¿Señorita Valente? —preguntó el médico—. Soy el Dr. Valli, de la Clínica Moretti. Hemos recibido instrucciones del señor Iker para el traslado inmediato de su madre. Sus signos vitales se han estabilizado milagrosamente en la última hora. Parece que ha recuperado la consciencia brevemente.

Gabriella sintió que las lágrimas finalmente ganaban la batalla. Se acercó a la cama y tomó la mano de su madre. Elena Valente abrió los ojos lentamente, con una debilidad que partía el alma, pero con una chispa de reconocimiento.

—Gabi... —susurró la mujer, con la voz como un hilo de seda.

—Shhh, mamá. No hables —dijo Gabriella, besando su mano—. Todo va a estar bien. He conseguido un contrato... un trabajo muy importante en la Torre Moretti. Tienen el mejor seguro médico del mundo. Te van a llevar a un lugar mejor, mamá. Vas a vivir. Te lo prometo.

—¿Tu padre...? —preguntó Elena con temor.

—No, mamá. Olvida a Esteban. Esto lo he conseguido yo. Es un contrato de... servicios exclusivos —la palabra le amargó la boca, pero mantuvo la sonrisa para su madre—. Estaré contigo en cada paso. Pero ahora debes descansar.

Mientras veía cómo subían la camilla de su madre a la ambulancia de alta tecnología, Gabriella sintió el roce de su falda contra su piel desnuda. Era un recordatorio constante de que nada era gratis. El alivio de ver a su madre reaccionar se mezclaba con la sombra de la noche que se avecinaba.

A las ocho, Iker vendría por ella. Y ella iría, tal como él lo había ordenado, sin defensas, sin ropa interior, lista para pagar la cuota de sangre y placer que el contrato exigía. Gabriella miró hacia el horizonte, donde la Torre Moretti dominaba la ciudad, y supo que su libertad acababa de morir para que su madre pudiera vivir. Lo que no sabía era que en el despacho de Iker, su padre Esteban acababa de entrar, cerrando la puerta con una sonrisa siniestra, listo para discutir el "crimen" que los uniría para siempre en una red de mentiras que Gabriella estaba a punto de descubrir.

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