(Narrado por Iker Moretti)
El tic-tac digital del reloj de mi escritorio era el único sonido que competía con el murmullo lejano de la ciudad. Habían pasado casi cuarenta y cinco minutos de un silencio sepulcral, una agonía estática en la que mis ojos grises no se habían apartado ni un solo segundo de la puerta de mármol privado. Los pedazos de cristal del jarrón y las orquídeas destrozadas seguían esparcidos por el suelo, un testimonio mudo de la tormenta de furia que me corroía por dentro.
En