El aire en el club L'Eclisse era una mezcla densa de perfume caro, tabaco de importación y el olor metálico del deseo contenido. En el escenario, las luces de neón azul y violeta cortaban la penumbra como cuchillas de cristal, reflejándose en las lentejuelas que apenas cubrían el cuerpo de Gabriella. Ella no era una bailarina común; era una sombra que se movía con la desesperación de quien tiene un precio sobre la cabeza. Cada movimiento de sus caderas, cada roce de sus manos sobre su propia piel, era una plegaria silenciosa dirigida al hospital de Milán, a las facturas de quimioterapia que se acumulaban como sentencias de muerte.Esa noche, sin embargo, el ambiente se sentía diferente. Pesado. Eléctrico.Desde la plataforma, Gabriella barrió el área VIP con la mirada oculta tras su máscara de encaje negro. Y entonces lo vio. O mejor dicho, sintió su gravedad. En la mesa más apartada, envuelto en una oscuridad que parecía obedecerle, había un hombre. No podía ver su rostro, solo la ma
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