Mundo ficciónIniciar sesiónEl despacho de la Torre Moretti se transformó en una jaula de cristal donde el tiempo parecía haberse detenido. Iker se separó de sus labios solo lo suficiente para que ella pudiera inhalar el aire cargado de tensión, pero mantuvo su cuerpo aprisionado contra la pared. El silencio era absoluto, roto únicamente por la respiración agitada de Gabriella, que intentaba procesar la realidad: el hombre que la había poseído en la oscuridad de un club era el mismo que ahora sostenía la vida de su madre en la palma de su mano.
Iker caminó con una calma depredadora hacia su escritorio de caoba. De un cajón extrajo un sobre de cuero negro y, con un movimiento seco, lanzó el documento sobre la superficie pulida. El sonido del papel golpeando la madera resonó como una sentencia.
—Ahí está —dijo él, su voz era un murmullo profundo que vibraba en el pecho de Gabriella—. El contrato para el traslado inmediato de tu madre a la clínica privada. Los mejores médicos, el tratamiento más avanzado. Todo pagado por adelantado. Solo falta una firma, Gabriella. Pero antes de que pongas tu nombre en ese papel, quiero ver qué tan dispuesta estás a cumplir con tu parte del trato.
Gabriella se acercó lentamente, con las piernas temblorosas. Sus ojos se fijaron en el documento. Era su salvación y su condena.
—¿Qué quieres de mí, Iker? —susurró ella, aunque la respuesta ya estaba escrita en la mirada hambrienta del hombre frente a ella.
—Quiero ver a la mujer de L'Eclisse —respondió él, sentándose en su sillón de cuero y entrelazando sus manos—. Olvida el traje de sastre. Olvida que eres la hija de Esteban. Quiero que me bailes. Aquí. Ahora. Quiero que te deshagas de cada capa que te oculta hasta que no quede nada más que tú y tu sumisión.
Gabriella sintió que la sangre le subía a las mejillas. La humillación luchaba contra la necesidad de salvar a su madre. Mordió su labio inferior con fuerza, clavando sus dientes en la carne sensible hasta que el sabor metálico de la sangre inundó su boca. Era un gesto de rebeldía y de entrega al mismo tiempo.
Con manos temblorosas, llevó sus dedos a los botones de su chaqueta negra. Uno a uno, los desabrochó bajo la mirada imperturbable de Iker, quien la observaba como un coleccionista analiza una pieza de arte invaluable. La chaqueta cayó al suelo con un suave siseo. Gabriella se quedó en una blusa de seda blanca que traslucía su piel. No había música, solo el ritmo interno de su propio deseo y miedo.
Comenzó a moverse. Sus caderas se balancearon con una lentitud tortuosa, recordando las sombras del club. Sus manos recorrieron sus propios costados, subiendo por su cintura hasta desabrochar la falda tubo. Al deslizarse hacia sus pies, Gabriella quedó en una combinación de lencería de encaje que contrastaba con la severidad del despacho. Iker no se movía, pero sus ojos grises se habían oscurecido, transformándose en dos pozos de tormenta.
Ella se acercó al escritorio, usando la superficie de madera para deslizar sus manos mientras se arqueaba, ofreciéndole una vista de su cuerpo que lo hizo soltar un gruñido gutural. Gabriella era una visión de curvas y fuego, una bailarina que negociaba con el diablo. Se quitó la blusa, dejando sus pechos apenas cubiertos por un sujetador que amenazaba con romperse ante la presión de su respiración.
Iker finalmente reaccionó. Su mano derecha fue hacia su cinturón. Con movimientos lentos y deliberados, desabrochó su pantalón y bajó la cremallera, liberando su erección, que se alzaba imponente, una prueba física del efecto que ella tenía sobre él. Su masculinidad era gruesa, marcada por venas que palpitaban con el mismo ritmo que el corazón de Gabriella.
—Acércate —ordenó él, su voz era ahora un mandato que no admitía réplica.
Gabriella caminó hacia él, quedando entre sus piernas abiertas. La cercanía del calor que emanaba de su sexo la hizo jadear. Iker la tomó por la cintura, hundiendo sus dedos en su carne con una fuerza que dejaría marcas. Con una mano, agarró la nuca de ella, obligándola a mirarlo a los ojos.
—Mírame, Gabriella. Mira lo que me haces —gruñó él—. Esto es lo que has comprado con tu obediencia.
En un movimiento brusco y salvaje, Iker enganchó sus dedos en la delicada tela de los pantis de encaje que ella aún vestía. No hubo delicadeza. Con un tirón violento, rasgó la prenda por la mitad. El sonido de la seda rompiéndose fue la señal de que toda pretensión de civilidad había muerto. Gabriella soltó un grito de sorpresa y excitación cuando él usó sus propios dientes para terminar de arrancar los restos de tela que estorbaban su acceso.
Él la levantó con una facilidad asombrosa, como si no pesara nada, y la depositó sobre el escritorio, apartando los papeles y el contrato con un movimiento del brazo. Gabriella quedó recostada sobre la madera fría, con las piernas abiertas de par en par.
—Montame —le ordenó, con los ojos clavados en su entrepierna húmeda—. Toma lo que es tuyo, pero recuerda quién lleva las riendas.
Gabriella no lo dudó. Se incorporó y se posicionó sobre él, guiando la punta de su erección hacia su entrada. Cuando se dejó caer, el llenado fue tan repentino y total que ambos soltaron un gemido unísono que resonó en todo el ático. El contraste entre la dureza de él y la calidez acogedora de ella era una tortura deliciosa.
Ella comenzó a cabalgarlo, usando sus manos sobre los hombros anchos de Iker para ganar impulso. Cada vez que bajaba, se aseguraba de que sus cuerpos chocaran con un sonido húmedo y rítmico. Iker la sujetaba por las caderas, guiando sus movimientos, empujando hacia arriba para encontrarse con ella en el medio. El escritorio de caoba crujía bajo el peso de su pasión prohibida.
—Eres... eres un monstruo —jadeó ella, con la cabeza echada hacia atrás, mientras el placer comenzaba a nublar su vista.
—Tu monstruo, Gabriella —respondió él, dándole un azote en el muslo que la hizo contraerse alrededor de él—. Y tú eres la mujer que va a aprender a amar sus cadenas.
El ritmo se volvió frenético. Iker ya no se conformaba con dejar que ella llevara el control; la sujetó con firmeza y comenzó a embestirla con una ferocidad que le robaba el aliento. Gabriella se aferró a su cuello, ocultando su rostro en su hombro, mordiendo su piel para no gritar su nombre. El clímax estaba cerca, una ola de calor que amenazaba con consumirlos a ambos.
—¡Dilo! —rugió Iker, sintiendo que estaba a punto de perder el sentido—. ¡Di de quién eres!
—¡Tuya! ¡Soy tuya, Iker! —gritó ella en el momento exacto en que la explosión la sacudió por dentro, sintiendo cómo él se derramaba profundamente en su interior, marcándola de una manera que ningún contrato escrito podría igualar.
Minutos después, el silencio regresó, pero esta vez estaba cargado de una nueva pesadez. Iker seguía dentro de ella, sus frentes unidas, ambos recuperando el aliento. Él extendió la mano, tomó el bolígrafo de oro que estaba a un lado y se lo tendió a Gabriella.
—Firma —dijo él, con una voz que volvía a ser la del magnate frío, aunque sus ojos aún brillaban con el resto del incendio—. Tu madre será trasladada en una hora. Y tú... tú te mudas a mi ático esta misma noche. El tiempo de jugar a las escondidas se terminó.
Gabriella tomó el bolígrafo con manos temblorosas y puso su firma sobre el papel manchado por el rastro de su encuentro. Había salvado a su madre, pero al hacerlo, acababa de cerrar la puerta de su propia celda de oro. No sabía que afuera, en las sombras de la oficina, su padre ya planeaba su próximo movimiento, ajeno a que su "socio" acababa de reclamar lo que él más quería usar como moneda de cambio.







