CAPÍTULO 3: EL CONTRATO DEL AMO

 

La Torre Moretti se alzaba sobre el cielo de Milán como un monolito de cristal y acero, un monumento al poder absoluto que hacía que Gabriella se sintiera insignificante. Llevaba un vestido de sastre negro, cerrado hasta el cuello y de falda tubo que llegaba por debajo de las rodillas; era la armadura que había elegido para ocultar los restos de la mujer que, apenas veinticuatro horas antes, se retorcía de placer en un camerino mugriento. Se había recogido el cabello en un moño tirante, esperando que la severidad de su peinado ocultara el miedo que le subía por la garganta.

—Tengo una cita con el señor Moretti. Soy Gabriella Valente —dijo frente al mostrador de mármol de la recepción.

—La están esperando, señorita Valente. Piso cincuenta y cuatro. Ático privado.

El ascensor subió con una velocidad silenciosa que le revolvió el estómago. Al abrirse las puertas, se encontró con una oficina que gritaba opulencia minimalista. Paredes de cristal con vista a la ciudad, muebles de cuero negro y un silencio sepulcral que solo era interrumpido por el suave zumbido del aire acondicionado.

Sentado detrás de un escritorio de caoba maciza, un hombre revisaba unos documentos. La luz de la mañana entraba de espaldas a él, envolviéndolo en una silueta imponente que le resultaba vagamente familiar, aunque no lograba ubicarla. Gabriella caminó con paso firme, aunque sus tacones resonaban como disparos en el mármol.

—Señor Moretti, soy la hija de Esteban. Él me dijo que...

El hombre levantó la vista lentamente. Gabriella se quedó sin aliento. El rostro frente a ella era de una belleza ruda y letal; facciones angulosas, una barba de tres días perfectamente cuidada y esos ojos... unos ojos grises, gélidos como el metal, que la miraban con una intensidad depredadora. Por un segundo, su mente se nubló. No podía ser él. El hombre del club era una sombra, un fantasma erótico. Este hombre era un titán de la industria, el mejor amigo de su padre.

—Siéntate, Gabriella —la voz salió de sus labios como un ronroneo de poder.

Al escuchar esa nota profunda, ese matiz de lija y terciopelo, el mundo de Gabriella dio un vuelco violento. Sus rodillas fallaron y tuvo que apoyarse en el respaldo de la silla. Era él. La voz que le había susurrado obscenidades al oído mientras la poseía contra una pared era la misma que ahora la recibía en el templo del corporativismo italiano.

—¿Usted? —susurró ella, con el rostro perdiendo todo rastro de color—. No... esto es un error.

Iker Moretti se puso en pie con una elegancia felina. Medía casi un metro noventa y su traje gris hecho a medida acentuaba unos hombros que ella recordaba haber arañado con desesperación. Rodeó el escritorio con lentitud, acortando la distancia mientras ella retrocedía por puro instinto hasta que su espalda chocó contra la pared de cristal.

—No hay errores en mi mundo, Gabriella —dijo él, deteniéndose a escasos centímetros. Su aroma, una mezcla de sándalo y un perfume cítrico caro, la golpeó de lleno—. Tu padre no sabe nada de lo que ocurrió en L'Eclisse. Él cree que eres una casta e inocente asistente que necesita protección. Cree que soy el "tío" que cuidará de su pequeña.

Iker apoyó ambas manos en el cristal, a cada lado de la cabeza de Gabriella, atrapándola.

—Pero ambos sabemos que no eres una niña —continuó él, bajando el tono hasta convertirlo en una caricia prohibida—. Lo que pasó esa noche fue una audición. Y pasaste con honores.

—Mi madre... el tratamiento... —Gabriella intentó recuperar la compostura, pero el calor que emanaba de Iker la estaba desarmando.

—Esteban me pidió que te diera un empleo. Yo decidí darte un contrato —Iker bajó una de sus manos, recorriendo el brazo de Gabriella hasta llegar a su cintura. Con una fuerza controlada, la pegó a su cuerpo, obligándola a sentir la dureza de sus músculos—. Pero no es un contrato de oficina. Tu padre verá los recibos del hospital pagados, verá que tienes un cargo importante aquí, pero la realidad será otra.

Gabriella soltó un jadeo cuando sintió la mano de Iker deslizarse hacia abajo, por debajo de la falda de su sastre, subiendo por la seda de sus muslos. Sus dedos largos y expertos jugaron con el borde de encaje de sus pantis, tirando levemente de la tela, recordándole quién tenía el control total de la situación.

—Hay reglas en este acuerdo, Gabriella —susurró él contra su oído, haciendo que ella cerrara los ojos por el placer y el miedo—. La primera regla es la discreción. Nadie, especialmente tu padre, debe saber la verdadera naturaleza de nuestra relación. Para el mundo, soy tu mentor. Entre estas paredes y en mi cama, soy tu dueño.

Gabriella sentía que el aire le faltaba. La mano de él seguía jugando con la tela íntima, provocando una humedad que la avergonzaba.

—La segunda regla —Iker presionó su cuerpo más contra ella, su voz volviéndose posesiva y oscura— es la exclusividad absoluta. A partir de hoy, tu cuerpo me pertenece. No habrá otros hombres. Ni Lorenzo, ni nadie que tu padre intente imponerte. Eres mía por contrato, por deseo y por necesidad. Si rompes esta regla, el tratamiento de tu madre se detendrá en ese mismo instante. ¿Entiendes el precio de tu libertad?

—Lo entiendo —logró articular ella, con la voz quebrada.

—Dilo. Di que eres mía.

—Soy... soy tuya, Iker —susurró, entregándose al abismo.

Él sonrió, una expresión que no llegó a sus ojos fríos, y antes de que ella pudiera reaccionar, la tomó de la nuca con firmeza y la besó. No fue un beso de bienvenida; fue una invasión. Sus labios reclamaron los de ella con una ferocidad que le robó el alma, una mezcla de castigo y promesa que le dejó claro que, a partir de ese momento, su vida ya no le pertenecía. Gabriella se aferró a las solapas de su traje, odiándolo por su arrogancia y deseándolo con una intensidad que la asustaba. Estaba atrapada entre el hombre que más odiaba y el hombre que la hacía arder, sin saber que ambos compartían un pasado mucho más sangriento de lo que ella jamás podría imaginar.

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