Jamás creí que esperaría ansiosa que Micaela se despidiera, pero la verdad era que me costaba esperar a quedarme sola.
La adrenalina bajó durante el almuerzo, dejando en su lugar un hueco frío en mi pecho y un nudo en la garganta. Logré mantener la fachada despreocupada, que mi voz sonara tranquila y que mi rostro se mantuviera sonriente.
Sin embargo, mientras Micaela conducía de vuelta al campus, mi cuerpo se convirtió en un desastre de músculos contraídos, demandando que la tensión de ocurrid