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El océano se extendía hasta donde la vista alcanzaba, destellando bajo el sol y un cielo muy azul, y me costaba sustraerme a la sensación hipnótica de calma y quietud que me provocaba.

Sal trabajaba en la cubierta superior, protegido del sol bajo el toldo rígido que cubría ese espacio, combinación de sala y puente de mando.

Yo permanecía en la cubierta principal, en la parte de atrás, que luego aprendería que se llamaba “popa”, sentada a otro juego de sillones fijos flanqueando una mesa, desde
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