Amanda no era una mujer impulsiva, y sin embargo, arrojarle la copa de vino a Eric le había dado una efímera satisfacción. Una sensación tan breve que se desintegró apenas cerró la puerta de la habitación donde estaba confinada.
Ahora, en la penumbra, con el cuerpo medio envuelto en una manta, lo único que sentía era un leve temblor en el estómago. No era miedo. Era otra cosa. Un extraño nerviosismo que le hacía repasar la escena una y otra vez.
Había insultado a un hombre poderoso, vengativo,