Eric Sanders no era un hombre impaciente, pero esa tarde marcó con el pie la alfombra más veces de las que podía contar.
Cuando escuchó el leve golpe en la puerta, ya sabía que era él. No necesitaba mirar.
—Entra —ordenó sin levantar la vista.
El investigador lo obedeció. Mismo abrigo, misma mirada directa, mismo silencio eficiente.
—Hable —dijo Eric, finalmente alzando los ojos.
—Tengo lo primero que pidió.
Extendió un sobre, más delgado de lo que Eric esperaba. Lo tomó, lo abrió con los dedos