Una mentira que lo destruirá todo.
Eric no reaccionaba bien a las amenazas. Nunca.
Su primer impulso era romperlas de raíz, aplastarlas antes de que crecieran. Pero esta vez no estaba solo él en juego. Estaba Amanda. Estaba la mentira que había sostenido con el cuerpo tenso durante semanas. Y estaba ese punto frágil que Abel había tocado con precisión: la posibilidad de que la verdad llegara a ella por la peor boca posible.
Sin decir nada más, Eric dejó el maletín en el suelo y avanzó hacia el salón. No porque quisiera escuchar a Abel, sino porque no podía permitirse cerrar esa puerta sin saber qué tan lejos estaba dispuesto a llegar. Abel lo siguió con calma, como si el desenlace ya estuviera escrito y él solo tuviera que disfrutar el recorrido. Sirvió dos tragos sin preguntar, apoyó uno en la mesa baja y se sentó con una comodidad insultante, estirando las piernas, ocupando espacio.
—Bebe —dijo—. No muerdo. Y me complace saber que soy yo quien ahora tiene la última palabra. Ahora mismo no pareces tan brabucón, ¿no? P