Eric se detuvo frente a la casa de Abel.
Recordaba con total claridad la última vez que había estado allí. No se había molestado en pedir permiso ni en anunciar su visita. ¿Para qué? Amanda había mencionado que quería recuperar una carta que le pertenecía, una que estaba entre las pertenencias de su madre en esa casa. Y eso era suficiente para Eric. Pero lo que más lo había impactado era descubrir que esa carta era la que él mismo, como el inocente Evan, le había escrito a Amanda en modo de despedida.
Ni siquiera recordaba haberla escrito. Aquellos días habían sido un torbellino de dolor, un caos que su mente adulta había intentado sepultar bajo capas de indiferencia y control.
La casa parecía vacía, con las cortinas corridas y ninguna luz encendida.
Eric miró a su alrededor, asegurándose de que no hubiera testigos. Sacó una ganzúa de su bolsillo y se acercó a la puerta principal. Con un movimiento experto, forzó la cerradura. El clic metálico resonó en el silencio, y la puerta se