Amanda no sabía en lo que se había metido.
Mintió. Mintió con todos los dientes, con la garganta seca, con el alma temblando. Mintió para proteger lo único que en ese instante podía llamar suyo: sus hijos. Y al hacerlo, no solo había entregado su voz, sino también su dignidad.
Sabía que sus palabras no eran reales, que esa confesión no había nacido de la verdad, sino del miedo. Miedo a perderlos, a quedarse sola de nuevo, a repetir la historia de vacío que tanto había luchado por enterrar.
Pero