Amanda miró la pantalla apagada un momento más, procesando las fechas, los sellos, la certeza fría de los documentos. La sala estaba en silencio, el aire acondicionado zumbando bajo. Eric seguía con su mano en la de ella, los dedos entrelazados como si temiera soltar.
—¿Por qué conservaste esas muestras? —preguntó ella al fin, la voz baja—. Todos esos años antes… ¿por qué?
Eric bajó la mirada a sus manos unidas. El rubor le subió al cuello, visible incluso en la luz neutra de la sala.
—Nunca estuve interesado en ninguna mujer —confesó, medio avergonzado—. No de verdad. No creía que fuera posible casarme alguna vez. Pensé… que si algún día quería hijos, sería así. Solo. Las guardé para usarlas más adelante.
Amanda lo miró fijo, los ojos abiertos.
—¿Nunca te enamoraste de nadie? ¿Pareja estable? ¿Larga duración?
Eric levantó la vista, directo a sus ojos.
—No, nada de eso. Nada serio. En la vida solo he estado enamorado de una sola persona. Y aún lo estoy.
Ella sacudió la cabeza despacio