Tommy conducía en silencio, como siempre, respetando el muro invisible que ella había levantado desde el hospital. Las flores —los lirios blancos que Evan le había dado— reposaban en el asiento de al lado, intactas, oliendo a algo que ya no quería recordar. Miró por la ventanilla, la ciudad desenfocada por las lágrimas que se le escapaban sin permiso.
No eran sollozos. Eran lágrimas silenciosas, de las que caen sin ruido y mojan la blusa sin que una se dé cuenta hasta que el tejido está frío. Verlo de nuevo había sido como abrir una herida que creía cicatrizada. Evan estaba allí, tan cerca, con esa voz baja que todavía le erizaba la piel, diciendo que la extrañaba, que estaba preciosa. Y ella había reído con él cuando la doctora anunció dos niñas. Había dejado que tomara su mano. Había sentido, por un segundo, que el mundo volvía a encajar.
Pero ahora, sola en el coche, el segundo se había roto.
¿Cómo podía decir que la amaba y haberle mentido durante meses? ¿Cómo podía mirarla a los