Tommy conducía en silencio, como siempre, respetando el muro invisible que ella había levantado desde el hospital. Las flores —los lirios blancos que Evan le había dado— reposaban en el asiento de al lado, intactas, oliendo a algo que ya no quería recordar. Miró por la ventanilla, la ciudad desenfocada por las lágrimas que se le escapaban sin permiso.
No eran sollozos. Eran lágrimas silenciosas, de las que caen sin ruido y mojan la blusa sin que una se dé cuenta hasta que el tejido está frío. V