Evan llegó a la clínica con media hora de antelación. Había salido de casa antes, mucho antes, se había duchado con agua casi fría para despejar la cabeza y se había detenido en una floristería, no deseaba llegar con las manos vacías luego de todo el tiempo que había pasado sin verla.
Compró un ramo de lirios blancos, eran hermosos. Los sostuvo en la mano mientras aparcaba, como si fueran un salvoconducto que en realidad no tenía.
La sala de espera de la clínica estaba casi vacía a esa hora: un