Evan llegó a la clínica con media hora de antelación. Había salido de casa antes, mucho antes, se había duchado con agua casi fría para despejar la cabeza y se había detenido en una floristería, no deseaba llegar con las manos vacías luego de todo el tiempo que había pasado sin verla.
Compró un ramo de lirios blancos, eran hermosos. Los sostuvo en la mano mientras aparcaba, como si fueran un salvoconducto que en realidad no tenía.
La sala de espera de la clínica estaba casi vacía a esa hora: un hombre mayor leyendo el periódico, una pareja joven susurrando en una esquina. Evan se sentó en el extremo opuesto, cerca de la ventana, desde donde podía ver la entrada principal. No quería perderse ni un segundo de su llegada. No quería llegar tarde y que ella entrara sola.
Cuando la vio aparecer por la puerta automática, algo se le apretó en el pecho con tanta fuerza que tuvo que respirar hondo para no doblarse. Amanda caminaba despacio, una mano apoyada en la parte baja de la espalda, el vi