El coche se detuvo frente al restaurante sin que la charla continuara.
Tommy abrió la puerta trasera. Amanda bajó primero, sin mirar a Evan. Él la siguió de cerca, tenso, luego de eso último que ella le dijo.
¿Cómo hacerla olvidar? ¿Cómo borrar la herida?
Evan había respondido justo después de que ella terminara de hablar, la voz baja, casi un susurro contra el ruido del tráfico.
La detuvo un momento, su mano en su brazo.
—No puedo hacerte olvidar —había dicho—. Pero sí puedo contarte todo lo que no te conté antes. Esta noche. Sin filtros. No me has querido escuchar.
—Porque de tus labios ya han salido mentiras que me han destruido, Evan, ¿cómo esperas que quiera escucharte? En todo caso, te arriesgas a que no crea nada, nada de lo que digas, es lo que sucede con los mentirosos.
—Por favor, solo es escucharme. Importa si me crees o no, pero también es un inicio que me escuches.
Amanda no había dicho sí. Ni no. Solo había cerrado los ojos un segundo más y mirado hacia un lado.
Entraron