—¿Puede desviarse un momento? —preguntó Amanda, desde el asiento trasero, con la voz serena y una idea muy clara en la cabeza.
Victor giró la cabeza hacia ella, suspicaz. Claudio, el chofer, la miró por el retrovisor.
—¿A dónde quiere ir? —preguntó él, con ese tono cansado del que ya ha aprendido que no debe tomar decisiones por cuenta propia.
—Necesito ropa. No pienso presentarme ante Abel Rodríguez vestida como una mendiga. Quiero comprar algo adecuado.
—Debemos llegar en veinte minutos —inter