Amanda llegó al banco antes del mediodía. Se paró un segundo frente a la puerta giratoria para respirar y entrar con la cabeza en alto. El guardia la saludó con un gesto mecánico.
Tomó un turno. El papelito marcaba A–172. Iban por A–168. Se sentó con la cartera apretada y los dedos cruzados sobre el regazo. Miró el reloj de pared. Quería terminar rápido, cerrar todo, sentir al menos que algo todavía podía controlarlo ella. Acarició, sin darse cuenta, el vientre plano. Dos latidos allí, aunque no