El taxi se detuvo frente a la residencia y Amanda bajó con la cartera apretada contra el pecho.
El edificio tenía fachada clara, jardineras con flores nuevas y un sendero limpio que llevaba a la puerta de vidrio. Se respiraba calma. En el borde del césped había un banco de madera y, más allá, una fuente pequeña dejaba caer agua constante. El lugar parecía un mundo aparte del ruido y la suciedad de la ciudad. Un lugar que costaba dinero. Mucho dinero.
En la recepción, una enfermera de uniforme a