Capítulo 17: Las reglas de la casa

Apenas unos días después de aquella conversación nocturna en el pasillo, Elena descubrió que la mansión de Dante funcionaba bajo un conjunto de normas tan estrictas que parecían más propias de un cuartel militar que de un hogar. Fue Graciela quien, con cierta timidez, se las fue enumerando durante el desayuno.

—El señor Dante prefiere que el desayuno se sirva exactamente a las siete de la mañana, señora —explicó Graciela, colocando frente a Elena una taza de té —Y le gusta que la casa permanezca en silencio hasta las ocho, mientras revisa las noticias financieras.

—¿Silencio hasta las ocho? —repitió Elena, alzando una ceja —¿Ni siquiera música de fondo?

—Ni siquiera música, señora —confirmó Graciela, con una media sonrisa que sugería que ella misma encontraba aquella norma un tanto excesiva —También prefiere que los zapatos se dejen en la entrada, que las plantas del jardín no se toquen sin autorización previa del jardinero, y que nadie utilice su despacho sin invitación expresa.

Elena escuchó aquella lista con una mezcla de incredulidad y una diversión creciente que no pudo disimular del todo.

—¿Y hay más reglas? —preguntó, genuinamente curiosa.

—Bastantes más, señora —admitió Graciela —El señor es un hombre de costumbres muy arraigadas.

Esa misma tarde, cuando Dante regresó de una reunión en la empresa, encontró a Elena sentada en el sofá de la sala principal, con los zapatos puestos directamente sobre la mesa de centro de mármol italiano, escuchando música a un volumen considerable mientras hojeaba una revista.

—Elena —dijo Dante, deteniéndose en el umbral con una expresión de genuina sorpresa — ¿podrías bajar el volumen de la música, por favor? Y los zapatos sobre la mesa no son...

—¿No son qué, Dante? —preguntó Elena, sin bajar el volumen ni retirar los zapatos, mirándolo con una expresión inocente que no engañaba a nadie—. Pensé que esta también era mi casa ahora.

—Lo es —confirmó Dante, con cierta cautela, como si intuyera que se adentraba en un terreno más complicado de lo que aparentaba —Pero hay ciertas normas que...

—¿Normas como el silencio obligatorio hasta las ocho de la mañana? —interrumpió Elena, bajando finalmente la revista para mirarlo directamente—. Dante, entiendo que te gusten tus rutinas, pero no pienso vivir en esta mansión como si fuera un museo donde no se puede tocar nada ni hacer ruido.

Dante se quedó observándola un momento, visiblemente descolocado ante aquella resistencia inesperada.

—Son solo normas de convivencia razonables, Elena —dijo finalmente, con un tono que pretendía sonar conciliador —No busco incomodarte, solo mantener cierto orden en la casa.

—Pues a partir de hoy, ese orden va a incluir un poco de música por las mañanas —declaró Elena, con una sonrisa desafiante que Dante no supo cómo interpretar del todo.

Al día siguiente, exactamente a las siete y media de la mañana, Elena bajó a desayunar con música proveniente de una pequeña bocina inalámbrica que había colocado estratégicamente en la cocina, tarareando una canción mientras Dante, sentado a la mesa con el periódico financiero en mano, la observaba con una expresión que oscilaba entre la exasperación y algo peligrosamente parecido a la diversión mal disimulada.

—Elena —dijo, sin levantar la vista del periódico—, son las siete y media.

—Lo sé —respondió ella, sirviéndose café con toda tranquilidad —Por eso puse música. Pensé que un poco de energía por las mañanas nos vendría bien a ambos.

—Tenemos un acuerdo sobre el silencio matutino —insistió Dante, aunque su voz ya no sonaba tan firme como el día anterior.

—Tú tienes esa costumbre, Dante —corrigió Elena—Yo nunca acordé nada al respecto. Y ya que vivimos juntos, me parece justo que ambos cedamos un poco.

Dante finalmente alzó la vista del periódico, encontrándose con la mirada decidida de Elena, y por un instante, algo parecido a una sonrisa genuina amenazó con escapar de sus labios, aunque él la contuvo rápidamente, recomponiendo su expresión seria habitual.

—Está bien —cedió, sorprendiendo a Elena con aquella facilidad —Música por las mañanas. Pero los zapatos sobre la mesa de centro quedan terminantemente prohibidos.

—Trato hecho —aceptó Elena, aunque con una sonrisa traviesa que no auguraba precisamente una rendición total.

Durante las siguientes dos semanas, aquella pequeña disputa inicial se transformó en lo que Graciela, entre risas discretas compartidas con el resto del personal doméstico, comenzó a llamar cariñosamente "la guerra silenciosa" entre los recién casados. Elena descubría nuevas normas de Dante casi a diario, y con la misma frecuencia, encontraba maneras creativas de desafiarlas ligeramente, sin llegar jamás a un conflicto real, pero manteniendo una tensión juguetona que ninguno de los dos parecía dispuesto a abandonar del todo.

—El jardinero me informó que movió tres macetas de lugar sin mi autorización —comentó Dante una tarde, durante la cena, con un tono que pretendía sonar de reproche, aunque Elena ya empezaba a reconocer el brillo de humor apenas disimulado en sus ojos.

—Fui yo, no el jardinero —confesó Elena, sin ninguna vergüenza —Las rosas necesitaban más sol, Dante. Cualquiera con un poco de sentido común lo habría notado.

—Tengo un jardinero profesional exactamente para evitar ese tipo de decisiones improvisadas —replicó Dante, aunque su tono carecía por completo de la severidad que sus palabras pretendían transmitir.

—Pues tu jardinero profesional debería aprender a escuchar a las plantas un poco mejor —respondió Elena, con una sonrisa que Dante correspondió, esta vez sin ningún intento de disimulo, con una carcajada breve pero genuina que Elena no le había escuchado nunca antes.

—Vas a acabar con todas mis costumbres, Elena Márquez —dijo Dante, negando con la cabeza, aunque el tono de su voz sonaba mucho más cercano al afecto que a la genuina molestia.

—Se llaman Elena Moretti ahora, señor Moretti —corrigió ella, alzando su copa con un gesto teatral—Y sí, esa es exactamente mi intención. Esta casa necesitaba un poco más de vida antes de que yo llegara.

Dante la observó largamente, con una expresión que Elena no supo interpretar del todo, aunque sintió que algo en aquella mirada había cambiado sutilmente durante las últimas semanas, transformándose poco a poco de una cortesía distante hacia algo mucho más cálido, mucho más genuino, algo que ninguno de los dos parecía dispuesto todavía a nombrar en voz alta, pero que innegablemente comenzaba a echar raíces entre las reglas rotas y las pequeñas victorias de aquella guerra silenciosa que, en el fondo, ambos parecían disfrutar mucho más de lo que estaban dispuestos a admitir.

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