Mundo ficciónIniciar sesiónDespués de la boda, Elena terminó de instalarse formalmente en la mansión principal de Dante, un edificio imponente de tres plantas rodeado de jardines cuidados con una precisión casi quirúrgica, muy distinto del pequeño apartamento donde había vivido toda su vida adulta. Las primeras semanas de convivencia, sin embargo, resultaron mucho más incómodas de lo que Elena había anticipado.
—Su habitación está lista, señora Moretti —anunció Graciela, el ama de llaves de la mansión, una mujer de mediana edad con una expresión amable pero reservada, guiando a Elena por el pasillo del segundo piso —El señor Moretti pidió que se ubicara en la suite del ala este, con vista directa a los jardines traseros. —¿Y la habitación de Dante? —preguntó Elena, con cierta curiosidad, notando que Graciela continuaba caminando en dirección opuesta a la que ella hubiera esperado. —El señor ocupa la suite principal del ala oeste, señora —respondió Graciela, con una naturalidad que sugería que aquella disposición no resultaba en absoluto inusual dentro de la mansión —Ha sido así desde hace varios años. Elena asintió, recordando de inmediato la cláusula del contrato que ambos habían acordado sobre habitaciones separadas, aunque una parte de ella, sin saber bien por qué, sintió una punzada extraña de decepción al confirmar que aquella distancia física sería mucho más literal de lo que había imaginado al firmar el documento. Esa misma noche, durante la cena, Elena decidió abordar el tema directamente, incapaz de contener la curiosidad que la carcomía desde su llegada a la mansión. —Dante, ¿puedo preguntarte algo? —dijo, mientras ambos cenaban en el amplio comedor, sentados en extremos opuestos de una mesa que a Elena le parecía innecesariamente larga para solo dos personas. —Por supuesto —respondió él, sin apartar la vista de los documentos que revisaba junto a su plato, un hábito que Elena ya había notado como parte rutinaria de sus cenas. —¿Por qué duermes tan lejos de mi habitación? —preguntó Elena, directamente —Entiendo la cláusula de habitaciones separadas, pero pensé que al menos estarían en el mismo pasillo, no en alas completamente opuestas de la mansión. Dante alzó finalmente la vista de sus documentos, observándola con una expresión que Elena no supo interpretar del todo. —Prefiero mantener cierta distancia física, Elena —respondió, con un tono cuidadosamente neutral —Facilita mantener los límites que ambos acordamos respetar. —¿Límites tan estrictos que ni siquiera podemos compartir el mismo pasillo? —insistió Elena, sintiendo que aquella respuesta no terminaba de convencerla del todo. Dante guardó silencio un momento, como si sopesara cuidadosamente cuánto estaba dispuesto a revelar. —Isabella y yo compartíamos la suite principal —dijo finalmente, con una voz mucho más baja de lo habitual —Después de su muerte, no soporté seguir durmiendo en esa habitación, así que me mudé al ala oeste. Ha sido mi habitación desde entonces. Elena sintió que el ambiente se tensaba de inmediato ante la mención de aquel nombre, el mismo nombre que había aparecido en los mensajes anónimos semanas atrás. —No sabía que la suite principal había sido la habitación que compartías con ella —dijo Elena, con voz suave, consciente de que estaba pisando un terreno delicado —Lo siento, Dante. No pretendía remover recuerdos dolorosos. —No tienes por qué disculparte —respondió él, aunque su tono se había vuelto notablemente más distante —Fue hace ocho años, Elena. Ya no es un tema del que me cueste hablar. Sin embargo, la manera en que Dante retomó rápidamente sus documentos, evitando prolongar la conversación, sugería exactamente lo contrario. Los días siguientes transcurrieron marcados por una tensión silenciosa entre ambos, no hostil exactamente, pero sí cargada de una incomodidad que Elena no lograba disipar del todo. Se cruzaban en los pasillos con cordialidad formal, compartían las cenas con conversaciones superficiales sobre los preparativos del bebé o los compromisos sociales que Dante debía atender, pero aquella distancia inicial, lejos de disminuir, parecía acentuarse con cada día que pasaba. —Señora Moretti, ¿todo bien? —preguntó Graciela una tarde, encontrando a Elena sentada sola en la biblioteca, con la mirada perdida en un libro que llevaba media hora sin avanzar ni una sola página. —Sí, todo bien, Graciela —respondió Elena, aunque su tono no terminaba de sonar convincente —Es solo que... esta mansión es enorme, y a veces se siente extrañamente solitaria. Graciela la observó con una expresión comprensiva, y tras un momento de duda, se sentó junto a ella con una familiaridad que sorprendió gratamente a Elena. —Si me permite decirlo, señora, el señor Dante no siempre fue así de distante —comentó Graciela, bajando la voz como si compartiera un secreto — Antes de la muerte de la señora Isabella, esta casa solía estar llena de risas, de música, de invitados constantes. Después de su fallecimiento, el señor cambió por completo. Se volvió mucho más reservado, mucho más solitario. —¿Cómo era ella? —preguntó Elena, con genuina curiosidad, aunque consciente de que quizás no debería estar indagando tanto sobre el pasado de su esposo a través de terceros. —Era una mujer alegre, muy distinta al señor Dante en muchos sentidos —respondió Graciela, con una sonrisa nostálgica —Pero también muy terca, muy decidida. Creo que por eso se complementaban tan bien. Su muerte lo destrozó por completo, señora. Durante meses, ni siquiera quiso entrar a la suite principal donde habían vivido juntos. Elena asintió lentamente, sintiendo que aquella información, lejos de satisfacer su curiosidad, solamente aumentaba las preguntas que se acumulaban en su mente sobre el hombre con quien se había casado apenas unas semanas atrás. Esa misma noche, incapaz de conciliar el sueño, Elena decidió aventurarse por los pasillos de la mansión, explorando aquella casa que todavía se sentía tan ajena a ella. Sin proponérselo del todo, sus pasos la llevaron hasta el ala oeste, deteniéndose frente a la puerta cerrada de la suite principal, la misma habitación que Dante evitaba desde hacía ocho años. —¿No puedes dormir tampoco? —la voz de Dante la sobresaltó, apareciendo de pronto al final del pasillo, todavía vestido con la misma camisa de la cena, aunque con el cuello desabrochado y una expresión de cansancio que Elena reconocía como genuina. —Perdón, no pretendía... —comenzó Elena, sintiéndose repentinamente avergonzada de haber sido descubierta merodeando frente a la habitación que él tanto evitaba. —Está bien, Elena —la interrumpió Dante, con una voz sorprendentemente suave —No tienes que disculparte por caminar por tu propia casa. Elena lo observó fijamente, armándose de valor para decir lo que llevaba días queriendo expresar. —Dante, sé que apenas nos conocemos, y sé que acordamos mantener ciertos límites entre nosotros —dijo, con cuidado —pero si alguna vez necesitas hablar sobre Isabella, o sobre cualquier cosa que te resulte difícil, quiero que sepas que puedes contar conmigo. No como tu esposa por contrato, sino simplemente como alguien que vive bajo el mismo techo y que se preocupa genuinamente por tu bienestar. Dante la miró largamente, con una expresión que combinaba sorpresa y algo mucho más profundo, algo que Elena no supo identificar del todo en la penumbra del pasillo. —Gracias, Elena —dijo finalmente, con una voz baja y sincera —Hace mucho tiempo que nadie me ofrecía algo así, sin esperar nada a cambio. —No espero nada a cambio, Dante —respondió Elena, con total honestidad —Solo quiero que sepas que no estás tan solo en esta casa como quizás has creído durante los últimos ocho años.






