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Capítulo 18: El primer ataque de celos

La llamada llegó una tarde tranquila, mientras Elena descansaba en la terraza con las piernas apoyadas sobre un cojín, siguiendo las indicaciones de su médico para aliviar la hinchazón que comenzaba a molestarle en el quinto mes de embarazo. Reconoció el número de inmediato: Ricardo, un antiguo compañero de la universidad con quien había mantenido cierta amistad esporádica a lo largo de los años.

—¡Elena! Cuánto tiempo —dijo Ricardo, con la voz alegre de siempre —Me enteré por las noticias de tu matrimonio con Dante Moretti. Vaya sorpresa, la verdad. ¿Cómo has estado?

—Ricardo, qué gusto escucharte —respondió Elena, sonriendo genuinamente al recordar los años de universidad compartidos —He estado bien, gracias. Ha sido un año bastante intenso, la verdad.

—Me imagino —rió Ricardo —Oye, estoy en la ciudad por unos días por trabajo, y pensé que quizás podríamos tomar un café, ponernos al día. Han pasado años desde la última vez que nos vimos.

—Me encantaría —respondió Elena, sin pensarlo demasiado —¿Qué tal mañana por la tarde?

Fue precisamente en ese momento cuando Dante entró en la terraza, deteniéndose al escuchar el final de la conversación, con una expresión que Elena no supo interpretar del todo hasta que colgó la llamada.

—¿Quién era? —preguntó Dante, con un tono que pretendía sonar casual, aunque Elena notó de inmediato cierta tensión en su mandíbula.

—Ricardo, un amigo de la universidad —respondió Elena, guardando el teléfono —Está en la ciudad por trabajo y quedamos en tomar un café mañana.

—¿Un café? —repitió Dante, con una ceja ligeramente alzada —¿Solos los dos?

—Sí, solos los dos —confirmó Elena, notando con creciente curiosidad el cambio sutil en la postura de Dante, que se había vuelto notablemente más rígida —¿Algún problema con eso?

—Ningún problema —respondió Dante, demasiado rápido para resultar completamente convincente—Solo me parece... poco prudente, considerando tu condición actual, quedar con hombres desconocidos para mí en lugares públicos.

—Ricardo no es un desconocido, Dante, es un amigo de hace años —corrigió Elena, cruzándose de brazos, comenzando a divertirse genuinamente ante la reacción de su esposo —Y no veo cuál sería el problema, considerando que tú mismo tienes reuniones constantes con mujeres en tu empresa sin que yo ponga ninguna objeción al respecto.

—Eso es diferente, son reuniones de trabajo —replicó Dante, con un tono que comenzaba a sonar ligeramente más tenso.

—¿Y por qué sería diferente que yo tome un café con un viejo amigo? —insistió Elena, disfrutando abiertamente de la incomodidad creciente de Dante —A menos, claro, que estés celoso.

—No estoy celoso —respondió Dante, con una rapidez que resultó casi cómica, considerando la firmeza que él normalmente proyectaba en cualquier situación —Simplemente me preocupa tu seguridad, Elena. Recuerda que todavía hay periodistas interesados en cualquier detalle de tu vida que puedan malinterpretar o sacar de contexto.

—Ajá —dijo Elena, sin ocultar en absoluto su escepticismo ante aquella explicación —Bueno, de cualquier forma, mañana veré a Ricardo. Si te preocupa tanto mi seguridad, puedes enviar a alguno de tus guardaespaldas para que vigile discretamente desde otra mesa, si eso te tranquiliza.

Dante no respondió de inmediato, y Elena pudo notar, con creciente satisfacción, que aquella sugerencia sarcástica lo había dejado momentáneamente sin palabras.

Al día siguiente, mientras Elena se preparaba para su encuentro con Ricardo, escogiendo cuidadosamente un vestido cómodo pero favorecedor a pesar de su vientre ya notablemente abultado, Dante apareció en la puerta de su habitación con una excusa que resultaba, cuando menos, sospechosamente conveniente.

—Tengo una reunión cerca del café donde vas a encontrarte con tu amigo —dijo, con un tono casual que no engañaba a nadie —Pensé que podría acompañarte hasta allá, ya que voy en esa dirección de todos modos.

—Qué coincidencia tan oportuna —comentó Elena, con una sonrisa que no podía disimular del todo —¿Estás seguro de que no prefieres simplemente quedarte sentado en la mesa de al lado, vigilando toda la conversación?

—No seas ridícula, Elena —respondió Dante, aunque el ligero rubor que coloreó sus mejillas contradecía completamente la seguridad de sus palabras —Solo te llevaré hasta la puerta del café.

Sin embargo, cuando llegaron al lugar acordado, Elena notó con creciente diversión que Dante no mostraba ninguna prisa por marcharse hacia su supuesta reunión, encontrando excusas sucesivas para prolongar su presencia cerca de la entrada del establecimiento.

—Dante, tu reunión —le recordó Elena, cuando Ricardo ya se aproximaba desde el interior del café, saludándola con una sonrisa amplia.

—Sí, ya voy —respondió Dante, aunque sus ojos permanecieron fijos en Ricardo durante un momento más de lo estrictamente necesario, evaluándolo con una intensidad que a Elena le pareció completamente reveladora.

—Elena, tanto tiempo —dijo Ricardo, acercándose para saludarla con un abrazo cordial, gesto que provocó que Dante se tensara visiblemente a pocos pasos de distancia.

—Ricardo, te presento a Dante, mi esposo —dijo Elena, disfrutando abiertamente del momento — Dante, él es Ricardo, mi amigo de la universidad.

—Un placer —dijo Ricardo, extendiendo la mano hacia Dante con total naturalidad, sin percatarse en absoluto de la tensión que flotaba en el ambiente.

—Igualmente —respondió Dante, estrechando su mano con una cortesía impecable que, sin embargo, no lograba disimular del todo la frialdad evaluadora de su mirada.

—Bueno, Dante, ya deberías irte a tu reunión —insistió Elena, con una sonrisa que apenas contenía la risa —No querrás llegar tarde por mi culpa.

Dante se despidió finalmente, aunque no sin antes lanzar una última mirada hacia Ricardo que, Elena estaba segura, pretendía transmitir algún tipo de advertencia silenciosa.

Esa noche, durante la cena, Elena decidió que la reacción de Dante durante todo el día había sido demasiado deliciosa como para dejarla pasar sin comentario alguno.

—Ricardo me preguntó si estabas bien —comentó, con fingida inocencia, observando atentamente la reacción de su esposo —Dijo que te notó bastante tenso durante el encuentro.

—No estaba tenso —respondió Dante, con una rapidez que resultaba cada vez más sospechosa—. Simplemente me pareció un hombre... particularmente efusivo en sus saludos.

—¿Efusivo? —repitió Elena, alzando una ceja con diversión evidente —Dante, fue solo un abrazo de saludo entre viejos amigos.

—No me pareció necesario un abrazo tan prolongado —masculló Dante, evitando deliberadamente el contacto visual con ella.

—Creo que definitivamente estás celoso —declaró Elena, incapaz de contener finalmente la sonrisa que llevaba conteniendo toda la tarde.

—No estoy celoso, Elena —insistió Dante, aunque el tono defensivo de su voz contradecía completamente sus palabras —Simplemente prefiero mantener cierta prudencia respecto a las personas con las que interactúas, considerando tu posición actual dentro de esta familia.

—Claro, claro —dijo Elena, sin ocultar en absoluto su incredulidad divertida —Bueno, entonces no te importará si Ricardo me invita a cenar la próxima semana, ¿verdad? Después de todo, solo es prudencia lo que sientes, nada de celos.

Dante la observó fijamente durante un largo momento, con una expresión que combinaba una resistencia obstinada y algo mucho más vulnerable que Elena no había presenciado hasta entonces en él.

—Prefiero que esa cena la organicemos aquí, en la mansión —dijo finalmente, con una voz mucho más baja —Así podré... supervisar adecuadamente la situación.

Elena soltó una carcajada genuina ante aquella respuesta, sintiendo que, por primera vez desde el inicio de su matrimonio, había logrado desmontar por completo la fachada de control absoluto que Dante se esforzaba tanto en mantener frente a ella.

—Está bien, Dante —concedió, todavía sonriendo —Cenaremos aquí, si eso te hace sentir mejor.

—No es que me haga sentir mejor —masculló él, aunque la ligera sonrisa que finalmente se permitió esbozar contradecía por completo sus palabras —Es simplemente prudencia, Elena. Nada más que prudencia.

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