CAMILLE ASHFORD
El «chalet» estaba lleno de risas. Victoria y León corrían a mi alrededor, su felicidad era contagiosa y me reconfortaba verlos así. Tenían tanta energía como ternura en sus pequeños cuerpecitos. A veces me preguntaba si Damián y yo pudimos haber sido así y me lamentaba por no haber vivido mi infancia a su lado. Podía apostar a que era un niño muy «molestable» antes de que se volviera un adulto imponente.
—¿Cómo se va a llamar? —preguntó León pegando su oído a mi vientre, como