DAMIÁN ASHFORD
La camioneta tenía espacios amplios, aun así sentía que los hombres que se habían sentado a cada lado de mí me estaban aplastando.
—¿Era necesaria tanta seguridad? —refunfuñé mientras veía a mi suegro sentado cómodamente frente a mí, viéndome con sorna.
—Al ser quien soy, no puedo ir por la vida sin guardias —respondió encogiéndose de hombros, pero disfrutando—. No quería incomodarte.
—¿De verdad? —pregunté entornando los ojos.
—No, en realidad no me importas —contestó ofreciénd