DAMIÁN ASHFORD
—¿En serio tengo que soltarlos? —preguntó Lucien escurrido en mi sofá, estrechando a los mellizos que colgaban de sus brazos, risueños y cómodos, acurrucados sobre su pecho—. Es que están muy suavecitos y huelen a bebé.
—Mami… nos agrada mucho el tío Lucien —dijo Victoria con una gran sonrisa.
—¡Sí, él es genial! —exclamó León, con los hombros casi en las orejas, escurrido dentro del abrazo de ese mafioso asqueroso.
Entorné la mirada con desconfianza. No me gustaba la cercanía