La brisa fresca de la noche le acaricia el rostro y le trae alivio a la calentura que lo quema por dentro. No lo entiende, no está en tiempo de celo; como tampoco cree que haya sido descuidado en esa misión, entonces, ¿por qué siente que la piel se le está prendiendo en llamas?
La sed se torna irrefrenable, así que él entra a la cabaña y se va directo a la cocina. Le decepciona que, por más agua fría que se toma, su necesidad no es saciada.
—¿Qué diablos me sucede?
Él se arranca la ropa con sus