La mudanza fue rápida.
Alán llegó con cajas. Las apiló en la entrada.
—¿Segura que no quieres venir a mi departamento? —preguntó, con una sonrisa de lado.
Lena puso los ojos en blanco.
—Por supuesto —respondió, con exageración—. ¿Cómo podría vivir con mi prometido sin firmar el papel? Las sábanas deben estar manchadas de sangre virginal.
Alán soltó una carcajada.
—Por supuesto. Si no, ya sabes, deshonra y esas mierdas.
Los dos rieron.
El servicio de mudanza se encargó de llevarse las cosas pesa