Lena llegó a su casa.
Ni siquiera aceptó que el hombre que su padre puso para cuidarla la trajera a casa. Simplemente tomó un taxi.
Cerró la puerta. Silencio. Estúpido y frustrante silencio. El aire le pesaba en los pulmones.
Entonces explotó.
—¡Hijos de puta! —gritó—. ¡Malditos, desgraciados, culeros!
Lanzó el bolso al sofá. Dio un golpe a la pared. La mano le dolió. No le importó.
El dolor físico le resultó casi un alivio.
No podía creer que su propio padre la hubiera corrido.
La voz de la ra