Capítulo 37

Lena llegó a su casa.

Ni siquiera aceptó que el hombre que su padre puso para cuidarla la trajera a casa. Simplemente tomó un taxi.

Cerró la puerta. Silencio. Estúpido y frustrante silencio. El aire le pesaba en los pulmones.

Entonces explotó.

—¡Hijos de puta! —gritó—. ¡Malditos, desgraciados, culeros!

Lanzó el bolso al sofá. Dio un golpe a la pared. La mano le dolió. No le importó.

El dolor físico le resultó casi un alivio.

No podía creer que su propio padre la hubiera corrido.

La voz de la ra
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